Capítulo 5:

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Capítulo 5:

Observó el paisaje tranquilo, iluminado por la luz de la luna. El frío de la noche parecía meterse entre sus huesos, un largo suspiro abandonó sus labios y su aliento se reflejó en el gélido aire. Los brazos se cerraron alrededor de su torso, tratando de preservar el poco calor que su suave pijama de seda era capaz de almacenar. Todo estaba quieto y en silencio, y aunque sus pies estaban firmes en el suelo, ella sentía que todo se movía, una marea salvaje que chocaba en su interior.

-Sabes que no deberías estar afuera a esta hora

La voz de Milo la sacudió de su turbulencia interna, había estado tan concentrada mirando la luna, esperando que su redonda imagen le diera las respuestas a aquellas preguntas que no dejaban de acribillar su mente, no escucho el abrir de la puerta del balcón y también ignoro los pasos del guardia hasta que esté puso sobre sus hombros una capa, la tela tibia, gracias al material, diseñado para mantener a los guardias abrigados incluso durante las peores noches de invierno, la chica suprimió un escalofrío.

-No podía dormir

Su voz sonó ronca, usada

-¿Sigues pensando en lo que pasó esta tarde?

Ella se giró para verlo cara a cara, le ardían los ojos, sabía que sus labios estaban inflamados y que en sus mejillas todavía se podía ver el rastro de las lágrimas derramadas.

-No se que hago mal, trato de ser lo que ellos esperan, pero algo me corroe, una comezón que no logró entender

-¿De verdad crees que es correcto lo que sucede aquí?

Milo le preguntó con suavidad, la princesa le recordaba a un pájaro mojado y encarcelado: siempre tan cerca pero a la vez tan lejos de la verdad, cualquier movimiento brusco podría moverla entre un lado y el otro, el joven rostro de la chica se contrajo y las comisuras de su labios temblaron.

-¿Por qué no lo creería? Mi familia lleva liderando desde que esto no era más que una tribu, si alguien sabe que es lo mejor para el reino somos nosotros...¿no?

Su voz se volvía cada vez más suave, y lo último sonó más como una pregunta a sí misma, el joven simplemente levantó las manos en un gesto de "allá tú"

-Lo mejor es que entres, no quiero que despues te resfríes, y necesito mi capa

El guardia la empujó con suavidad, asegurando que la princesa regresase a la cama, la chica quedó profundamente dormida a los pocos segundos de tocar las suaves mantas, probablemente exhausta. Milo miró la luna, pidiéndole a quien sea que lo escuchara que esa chica cansada y confundida pudiera traer el cambio que tantos necesitaban.

Las cosas nunca han sido sencillas para cualquier persona que no tenga el apellido Cohen, Milo lo sabía, todos en el reino lo sabían, cada dia era una batalla constante y cosas tan básicas como la comida y un techo no eran nunca seguras, desde que tuvo edad suficiente para comunicarse fue obligado a trabajar, pidiendo en la calle, haciendo mandados, cualquier cosa que un niño pudiese hacer, al ir creciendo trabajo en construcciones, levantándose antes de que saliera el sol y acostándose cuando la luz de la luna ya iluminaba el cielo. Fue pura suerte que al cumplir dieciocho se le entregase un puesto dentro de la tropa de los guardias reales, su fuerza física -producto de cargar con cosas tres veces su peso cuando a duras penas comenzaba su adolescencia- sorprendió a los reyes.

Una vez comenzó a trabajar en ese enorme castillo pudo darle un poco de descanso a su familia, su padre era un herrero y su madre una costurera, ambos tenían ya los músculos cansados y atrofiados, producto de años de trabajo y abusos, dedos torcidos que cada vez colaboraban menos a la hora de trabajar, pudo ponerles un pequeño local, en lugar de que continuarán trabajando casi que al aire libre con herramientas rústicas que les tomaban casi el triple de tiempo, pudieron contratar unos ayudantes: dos gemelos que vivían en la calle y estaban dispuestos a trabajar solo por tener un techo sobre sus cabezas y la promesa de una comida caliente.

El joven cerró la puerta de la habitación de la chica con suavidad, el peso que había dejado caer un momento al estar en presencia de la princesa regreso a sus hombros, estaba llegando ya al final de su turno de 48 horas, y todo su cuerpo se encontraba tenso y entumecido, las piernas le empezaban a flaquear, los muslos se contraian dolorosamente con cada paso, la mano derecha ya no la sentía, producto de cargar con el peso constante de su espada, nunca debía envainar su arma, era su deber estar siempre listo para defender el castillo y cualquier segundo podía marcar la diferencia.

-No deberias estar aca

Milo se encontró a sí mismo en posición de ataque, apuntando el filo de su espada hacia una enojada Lorelai.

-¡No hagas eso!

El muchacho suspiró, relajando su cuerpo y bajando su espada, la joven criada simplemente bufo

-Me aseguro de que no te desmayes al menos tres veces al día ¿y es así como me pagas?

Sabía que sus palabras eran en broma, pero no pudo evitar pensar en los eventos de la tarde, suspiró y pasó su mano izquierda por su cara con fuerza.

-Hey, eso no fue tu culpa, y Octavia lo sabe, si no fuese por Cutler nada habría pasado

La chica puso sus palmas sobre su rostro tratando de calmarlo, el tacto era rasposo, las manos de la chica, al igual que las suyas, ya estaban repletas de callos y vejigas. Octavia era la asistente del primer chef de la cocina real, la chica solía robar pequeños pedazos de la comida designada para los reyes y la corte para luego compartirlos con los guardias y criadas, pero hoy cuando le estaba dando un pedazo de pez espada a Milo fue acusada por parte de Cutler de traición.

La princesa salió en defensa de ambos, diciendo que había sido un pedazo que ella misma había dado de su cena, no tenía mucho apetito y le dijo a la Octavia que lo compartiera. Era mentira. Pero la palabra de la heredera fue suficiente para redirigir la ira de los reyes hacia otra parte, la acusación de Cutler había quedado olvidada.

-No se que le hicieron después de eso

Milo bajó la cabeza, apenado de su cobardía.

-Ella sabía a qué se atenía, y lo hizo porque sabía que nuestro castigo sería peor

-Como odio a ese bastardo

-¡Baja la voz! ¡Por ahora tenemos suerte que no es más que el pretendiente de la princesa, pero si las cosas siguen así estarás hablando del futuro rey!

-Ella todavía tiene otras opciones

-Milo, ya debes dejar eso, jamás sucederá, los riesgos son demasiado altos todavía

El chico se limitó a sacudir la cabeza, aunque Lorelai tuviese aún sus dudas para él el camino estaba claro, los planes que el equipo tenía sólo serían posibles con el apoyo de la princesa, y si, la chica todavía buscaba el lazo con su familia, incapaz de ver la maldad en sus acciones pero esos ojos marrones cada dia se veian mas turbulentos, las dudas internas de la princesa eventualmente romperían la jaula que le fue impuesta.

-Es mejor que te vayas, ya sabes que los guardias no pueden rondar mucho por esta ala del castillo en la madrugada, incluso tu. Si se dan cuenta de que tan cercano eres con la princesa terminaran asignándole otro guardia.

Lorelai observó como el joven se retiraba y soltó el aire que estaba reteniendo, después de los acontecimientos de la tarde cualquier posible incumplimiento de las reglas le ponía los nervios de punta. Las llamas que enciende la necesidad de cambio seguían siendo claras en los ojos azules de Milo, pero en ella solo quedaban cenizas. No planeaba darle la espalda a aquellos que, como ella, se aferran con uñas y dientes a cualquier esperanza de una mejor vida, pero no podía seguir poniendo en peligro su trabajo como criada, cualquier posición de servicio en el castillo dejaba más ingresos que cualquier otra.

El trabajo era arduo, ella, junto con el resto del personal, vivían en el castillo, en lo que antes fueron calabozos ahora habían camas, los colchones eran viejos y raídos y las cobijas no eran más que tela deshilada. Pasaban por turnos de hasta 48 horas y las raciones de comida no eran más que un bolo de color gris que se repartia dos veces al dia entre el personal, de no ser por la comida que los cocineros y sus ayudantes sacaban la mayoria no soportaria.

Pero gracias al sueldo de Lorelai su familia ya no tenía que preocuparse por los impuestos del reino, que cada vez subían más, su madre enseñaba en la escuela central y sus dos hermanas trabajaban medio tiempo en una fábrica de textiles y aun así a duras penas alcanzaba para poner comida en la mesa. Su familia contaba con ella, y no planeaba defraudarlos.

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