-4-

260 32 31
                                        

Lifehouse - Blind

 Mara se acabó la bolsa de papas fritas que encontró para desayunar y miró a Devan en el otro extremo de la cocina, sentado en una silla con actitud hostil

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

 Mara se acabó la bolsa de papas fritas que encontró para desayunar y miró a Devan en el otro extremo de la cocina, sentado en una silla con actitud hostil.

—¿Por qué no me perdonas de una vez? No es mi culpa que no tengas nada de comida en los estantes.

—Eran mías.

—De acuerdo. —Caminó hasta él y le ofreció un poco, por supuesto que Devan no agarró ni una.

—Iré a la tienda y traeré algunas cosas, pásatelo bien sin mí. Adiós.

Mara levantó los hombros, aunque su desconsuelo disminuyó un poco al saber que no planeaba matarla de hambre.

—En realidad, no creo que pueda pasarla bien aquí —dijo, ya cuando él se había marchado—. Esta casa está asquerosa, parece que no la limpian hace mucho.

Pegó la espalda contra la pared y suspiró, por lo menos, la mañana había estado bien y no se habían matado. Seguía inquieta, pero no tanto como el día anterior.

Ella esperó durante horas, pero Devan no regresaba. Fastidiada y sintiéndose más sola que nunca, consideró descansar sobre la cama un rato porque el incómodo sofá le había pasado factura, sentía que los ojos se le cerraban y entonces se quedó dormida.

Al rato, fue consciente de una mano fría en su mejilla y abrió los ojos de golpe, alzó la vista y vio los mismos ojos negros que ocupaban su pesadilla, por un momento no pudo recordar dónde estaba, pero luego le vino todo a la cabeza: Devan, la boda, el hambre...

—¿Qué hora es? —preguntó más consciente.

—Es casi medianoche. —Apoyó una mano sobre el copete de la cama y la miró con una sonrisa arrogante—. Emilie, ven a comer.

—No, gracias, no quiero —mintió.

—No seas rencorosa, por si no te has dado cuenta, tu estomago está rugiendo.

—¿Dónde diablos estabas? —inquirió, incorporándose—. Cualquiera diría que le diste la vuelta al mundo solo para encontrar una tienda. Mira qué hora es.

—Procura no sermonearme —contestó el aludido—. ¿Me extrañaste? Ayer por la noche te morías de vergüenza cuando te dije que podías dormir aquí, y hoy te veo muy relajadita.

—¿Y qué quieres que te diga? Ese mueble es muy incómodo.

—Pues, no sé..., por ejemplo, podrías decir, gracias por ser un tipo tan considerado. ¡Traje comida!

—Oh, cállate, sabes que no te voy a decir eso, ¡vete a joder a otra mujer! —dijo con insolencia—. No tengo ninguna intención de participar en tu juego.

—¿No hay nada que pueda hacer para convencerte?

La mirada de Mara no se alteró.

—No, nada.

Red de mentiras ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora