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Mara detestaba sentir lástima de sí misma, de modo que apartó a un lado ese pensamiento mientras fue arrastrada hasta una tienda para escoger el vestido que usaría

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Mara detestaba sentir lástima de sí misma, de modo que apartó a un lado ese pensamiento mientras fue arrastrada hasta una tienda para escoger el vestido que usaría.

Según la señora Marcela, la causante de sus pesadillas, la íntima ceremonia exigía un protocolo establecido por el abuelo de aquel hombre y su falsa madre se estaba encargando de todo; Mara tenía que cumplir órdenes al pie de la letra.

Las cosas debían ser perfectas: el maquillaje, peinado y demás, aunque seguía pareciéndole un acto cruel que, luego de tres semanas, todavía no conociera el rostro de su futuro marido. Esperaba alguna pista, pero tampoco le sorprendió no conseguirla, incluso, cumplía ella sola ciertas tradiciones estúpidas, como escoger el sabor del pastel.

―¿Eres consciente de que el diseño que llevas puesto cuesta mucho dinero? ¡Deja de encorvar los hombros! ―exclamó Marcela, repasando con mirada crítica el exótico corpiño de encaje y bordado, le enfadaban las preguntas de Mara―. Estás colmando mi paciencia.

―Señora, soy muy consciente del derroche, pero al parecer, usted no se da cuenta de lo poco que me importa una prenda, con lo que vale esto, ya hubiese pagado la mitad de los gastos médicos ―comentó con molestia, haciendo un gesto para no asfixiarse con el apretado corsé.

―Querida, eres tan impaciente ―espetó Marcela, volcando los ojos―. No pienso volver a discutirlo, no te daré ni un centavo hasta que te cases, así que mantén la boca cerrada.

—¿Puedo al menos preguntar algo? —masculló.

—Hazlo —ordenó, dándole la vuelta para mirar el vestido por detrás—. A ver si luego de responderte, tengo la suerte de dejar de oírte.

Mara hizo una mueca de total desagrado y la asistenta de la tienda apenas pudo disimular lo mucho que le sorprendió el comentario.

—¿Es un señor mayor? —preguntó en tono bajo, mirándola a los ojos.

—¿Quién?

—El hombre con el que quiere que me case.

Marcela dejó el vestido en paz y justo detrás de Mara se carcajeó.

—Él no es un viejo, muchacha, solo es un par de años mayor que tú.

—¿Tiene algún problema? —inquirió con curiosidad—. ¿Es enano? ¿Huele mal? O tal vez es calvo...

—Que yo esté buscándole esposa no tiene nada que ver con su capacidad para conseguirla él mismo, lo de ustedes no será un matrimonio de verdad, así que deja de preocuparte, no deberías estar muriéndote por saber cómo es la persona detrás de una transacción financiera.

—Lamento no compartir su opinión —masculló, apretando los dientes—. Deje al menos que sepa su nombre y no preguntaré nada más.

Marcela dio varios pasos al frente y sujetó a Mara por los hombros.

Red de mentiras ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora