En el corazón de Denver, un hombre lleva una doble vida. De día, Devan es un arrogante y despiadado millonario, dueño de un imperio empresarial que se extiende por todo el mundo. De noche, se transforma en el líder enigmático y temido de una de las...
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No quería molestar a Jack, así que decidió caminar hasta el apartamento de su amiga Silvia, era la única que en aquel momento podía escucharla. Quizá lo más lógico habría sido regresar a casa, pero ahí estaría Devan.
Llamó al timbre de Silvia y segundos después le abrió la puerta. Tenía un pijama puesto y el cabello despeinado. Al parecer, la había despertado, pero no pareció molestarse. Le sonrió, aunque con el ceño fruncido.
—Siento venir a estas horas —dijo Mara antes de que la arrastraran dentro.
—No te preocupes, ¿estás bien? —le preguntó algo asustada y la zarandeó un poco.
—Sí... Es solo que no sabía adónde ir.
—¡Oh, cariño, ven aquí! —exclamó antes de abrazarla—. ¿Qué ocurre? ¿Le pasó algo al niño?
—No, no, él está bien. —Decidió contárselo—. Es solo que... tuve una discusión con Devan y... necesitaba alejarme, nada más.
—Dios, me asusté... Ven, siéntate... —murmuró Silvia, cogiéndola de la mano—. ¿Quieres pasar la noche aquí?
—No quiero molestar, pero, ¿se puede?
—¿Qué te pasa? ¡Claro que se puede! —aseguró la mujer, cruzándose de brazos antes de tomar asiento—, anda, no seas tonta, aun no comprendo cómo es que no te has quedado en todos estos años. Mi casa es tu casa. Además, no hay pena que no se cure con un rato entre amigas. —Sonrió.
—Está bien. Lo siento mucho. No pretendo meterte en líos, pero es que...
—No te preocupes. —Silvia buscó algo en la puerta de la nevera—, él no vendrá hasta aquí. Toma. Me la regalaron hace poco. —Le acercó una botella de vino y Mara sonrió con el pecho comprimido. Se sentía fatal. Había sido un día difícil: había soportado la actitud hostil de Grace Fennell, también las malas miradas de los jefes de departamento, y tal vez, fracturó más la confianza de Devan.
—Ya sé que no me buscará —dijo mientras Silvia abría el vino—, ha dicho que lo único que hago es decepcionarlo. ¿Y qué hago yo? Me bajo del carro y me alejo rápidamente. Imagínate lo cabreado que debe estar.
—¿De verdad lo dejaste ahí y te fuiste?
—Creo que se podían oír sus gritos hasta la otra cuadra.
Silvia se rio. Y con la repentina sensación de que ese hombre sí estaba furioso, sirvió el vino en dos copas.
—Por favor, ten cuidado —repuso—. No sabemos cómo reaccionará cuando vuelvas.
—No será agradable. —Notó que la ansiedad le bullía por las venas—. Pero, por lo general, está más calmado después de que le baja la adrenalina.
Ellas caminaron hasta el armario empotrado del dormitorio de Silvia y con la puerta abierta de par en par, la mujer se acercó para buscar un par de cosas y luego se volvió hacia Mara.