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Él meneó la cabeza lentamente

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Él meneó la cabeza lentamente.

—Dejaremos esto hasta aquí —espetó, hablando lento, como si de ese modo ella no fuera a darse cuenta de cuán confundido estaba.

—¿Perdón?

—No somos un matrimonio real, así que no volveré a besarte.

—¿De qué estás hablando? Por supuesto que nos casamos de verdad.

—No, fue un acuerdo entre mi abuelo y los Leister.

—Que tú aceptaste.

—Desde el principio te dije cómo iban a ser las cosas. Sin preguntas, sin ataduras, y te aseguro que no tengo ni la más mínima intención de cambiar de idea.

—Entiendo...

—Bien.

Las palabras de él la volvieron a enfurecer.

—¿Sabes qué? No, no entiendo. ¡Así que sal de aquí! Yo no te pedí que me besaras, ni siquiera sé por qué lo hiciste.

—Yo sí sé por qué lo hice, no puedo ignorar mis obligaciones como esposo. —La recorrió lentamente con la mirada y Mara sintió que su pecho ardía, esa insinuación la enfadaba lo suficiente como para abofetearlo.

—¿Estás refiriéndote a sexo?

La comisura de esa boca masculina se curvó en una sonrisa y le dirigió una mirada desdeñosa.

—Por supuesto que me refiero a sexo, ¿o te mantendrás célibe durante el tiempo que dure esto? Vivimos en un lugar pequeño y es natural que tarde o temprano echemos un polvo.

—Entonces, esto para ti es un juego... esperas que actúe como la esposa perfecta, que haga las tareas domésticas y que «eche polvos» contigo cuando te provoque. No sabes nada sobre relaciones reales, ¿verdad? ¡Qué pena me das!

Él la observaba fijamente, con mechones de cabello pegados a su frente y con sus grandes ojos negros que transmitían una fuerza retadora apabullante. Se preguntaba cuándo había sido la última vez que había estado tan excitado... No lo recordaba. No solía involucrarse demasiado con nadie.

Salió del baño sin responder. Esa mujer lo estaba volviendo loco, cosa que lo enfurecía. Pocos eran los que le mentían y no recibían un castigo.

Solo para comprobar, y digamos que, para medir qué tanto le gustaba y si su aparente molestia e indiferencia eran reales, la había besado. El aire se tornó denso y los envolvió en una burbuja que pudo haber corrompido hasta al ser más puro. No imaginó sentir tanto, obviamente, pero esa mujer tenía algo que lo empujaba por más.

Mara dejó que su cuerpo resbalara por la pared hasta que se acuclilló y enterró la cabeza entre las rodillas, rodeándola con los brazos.

—¿Qué está pasando?

Red de mentiras ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora