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El sol brillaba sobre el océano como si fuera verano, aunque aún quedaban rastros de brisa fresca en la costa de Maine

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El sol brillaba sobre el océano como si fuera verano, aunque aún quedaban rastros de brisa fresca en la costa de Maine. La playa privada se extendía como una franja dorada más allá de la terraza, estaba desierta, perfecta para desaparecer del mundo.

Jack caminaba descalzo por la arena con Alan montado en sus hombros, lo sostenía con firmeza mientras el niño gritaba como si estuviera en una montaña rusa.

—¡Más rápido! ¡Eres como un caballo gigante!

—¿Caballo? ¡Soy un dragón! —rugió él, fingiendo escupir fuego, lo que desató una risa escandalosa en el niño.

Mara estaba en la orilla, con los pies en el agua y el vestido de playa blanco ondeando al viento. En cuanto se lo quitó, revelando su traje de baño negro ajustado, Jack casi tropieza con sus propios pies.

Se giró hacia otro de los hombres de seguridad con expresión seria.

—¿Estás viendo lo mismo que yo?

—Sí, es como... una sirena —murmuró Emir, viendo con disimulo el top de ostras de la mujer.

Jack soltó una carcajada profunda mientras bajaba al niño y se sacudía la arena.

—No sabía que Devan se había casado con una diosa del mar —dijo en voz baja.

—¡Y yo no sabía que les afectaban tanto los trajes de baño! —Su voz sonó a través de la playa solitaria como una advertencia de un comandante en jefe en un campo de batalla—. ¿No les dice ese anillo tan caro que tiene en el dedo que como no aparten los ojos de su cuerpo, se los arrancaré? —Se acercó a ellos en jean y el torso descubierto porque no traía camisa.

—Hola, Devan. ¿Quieres oír algo gracioso? Estábamos comparando a Mara con una sirena. Y luego llegaste y...

—¡Quiero una cerveza Allagash, ya! Les descontaré doscientos dólares por cada minuto que se tarden en conseguirla y traerla.

Mirándolo con extrañeza, Jack se puso los zapatos.

—Carajo, Devan, ¿qué no sabes que estábamos jugando?

—Mejor les descuento quinientos. ¿Qué te parece eso para jugar yo también?

Jack le echó a Devan una mirada larga de arrepentimiento.

—Ya le traemos la cerveza, su majestad. —Hizo una reverencia en su dirección—. Nos vemos en un rato, Alan.

—Nos vemos, dragón.

Cuando se marcharon, Devan le dijo al niño:

—¡Haremos un castillo de arena! El más grande.

—¡Sí! Voy por mi pala.

Durante horas jugaron en la orilla, construyeron el castillo y comieron fresas con chocolate bajo la sombra de una sombrilla gigante. Alan no paraba de hablar ni un minuto y entre pregunta y pregunta inventaba juegos y desafíos. Devan le seguía el ritmo como si no tuviera que hacer más nada con su vida.

Red de mentiras ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora