En el corazón de Denver, un hombre lleva una doble vida. De día, Devan es un arrogante y despiadado millonario, dueño de un imperio empresarial que se extiende por todo el mundo. De noche, se transforma en el líder enigmático y temido de una de las...
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El precioso Mc Laren se detuvo frente a la clínica privada a las diez de la noche. El silencio solo fue interrumpido por el zumbido lejano del generador eléctrico y el roce de los neumáticos sobre el asfalto. Algunos hombres con auriculares y miradas implacables custodiaban la entrada. Mara apretaba su cartera con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
—Es seguro aquí —dijo él en tono bajo, pero firme, mientras la ayudaba a salir del auto.
Las luces de la clínica la cegaron al entrar. Una enfermera se acercó, pero al ver a los hombres que los seguían, tragó saliva y se apartó. Devan caminaba con paso decidido, como si fuera el dueño del lugar, y es que probablemente en ese momento lo era. Llevó a Mara por un largo pasillo hasta llegar a una habitación al fondo. Jack se hizo a un lado para dejarlos pasar.
El pequeño estaba acostado en la cama, conectado a monitores que pitaban con regularidad, tenía una venda alrededor de la cabeza y un peluche que Mara no conocía, justo al lado. Ella corrió hasta él y se arrodilló junto a la camilla, acariciándole la mejilla con un temblor en los dedos.
—Bebé... —susurró, y la voz se le rompió.
Devan se quedó un paso atrás con las manos en los bolsillos y los ojos oscuros fijos en la escena. Sus facciones, siempre duras, se suavizaron un poco al ver el alivio y el amor en el rostro de la mujer.
Se giró ligeramente hacia la puerta, donde Jack esperaba con el rostro cansado. Devan le hizo una seña para que se acercara.
—¿Alguna novedad? —le preguntó en voz baja, con un leve tono de amenaza.
Jack sacudió la cabeza.
—Todo tranquilo. Tenemos a diez hombres cubriendo los accesos y nadie ha intentado nada. Tampoco hay señales de que Buró se haya acercado. Si se mueve, lo sabré antes de que respire cerca de aquí.
Devan asintió y su mandíbula apenas se relajó.
—Mantén a todos en alerta, si ese malnacido aparece, quiero saberlo antes que nadie.
—Sí, no te preocupes —contestó Jack con un tono de acero antes de volver a su posición junto a la puerta.
Devan se volvió hacia la cama. Mara lo miraba con los ojos llenos de lágrimas.
—Este niño es... es lo único que tengo en la vida —dijo con voz quebrada—. Cuando mi madre me llamó para decirme que no estaba, sentí que me moría. No tienes idea del terror que sentí.
Devan se acercó, se agachó para quedar a su altura y la tomó de la mano.
—Tenía que hacerlo. No había tiempo para seguir esperando a que me contaras sobre él —respondió con una suavidad inusual.
Ella lo miró con el miedo aun brillando en sus ojos, pero también con gratitud.