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—Almorzaremos juntos y no hay derecho a réplica

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—Almorzaremos juntos y no hay derecho a réplica.

¿Qué? ¿Cómo rayos harían eso? Se preguntó Mara, sentada en el mueble de la sala en el que Devan estaba durmiendo mientras ella usaba la única habitación que tenía esa casa.

Continuaba tan nerviosa después de la alucinante noticia que había recibido, que él no le dio tiempo para pensar en una respuesta cuando le impuso su idea y la llevó casi a rastras hasta la cocina.

Y no era que no agradeciera la comida, porque no había ingerido nada en muchas horas, pero habría preferido ir con su hijo. Era extraño e incómodo pasar tiempo con él cuando estaban operando a Alan. Unas pocas veces habían conseguido tener una conversación que no involucrara gritos o enfrentamiento, y para su asombro, lo veía sereno.

Pero claro, se había salido con la suya, la presionó y acorraló, usando una táctica bastante extravagante y manipuladora.

Devan sacó algunas cosas de la despensa y se puso manos a la obra enseguida.

—Estás muy callada —observó él, rompiendo el silencio que se había instalado después de poner una olla de agua a hervir.

—Solo pensaba —respondió, quizá demasiado rápido.

—¿Puedo saber en qué? —pidió casi esperando una negativa por parte de la mujer, o que dijera alguna frase en su contra.

Pero Mara lo sorprendió, diciendo:

—En que ser tu esposa es realmente difícil.

Él sonrió.

—Sí —reconoció—. Pero solo porque te lo he puesto de ese modo. —Se acomodó en la silla y apoyó un brazo en la mesa, acercando su rostro al de ella—. Te propongo una tregua, Reina.

—¿Una tregua? —repitió, levantando una ceja.

—Sí —asintió—, seré indulgente si contestas algunas preguntas, ¿de acuerdo? —Ella pareció dudarlo sin dejar de mirarlo a los ojos, y él agregó—: pero eso es mientras el niño se recupera, Mara, no creas que no me debes la explicación larga.

Y ella estuvo de acuerdo, así que asintió y suspiró.

—No me siento bien, pero haré el esfuerzo y responderé a lo que sea que quieras saber.

No podía creerlo. ¡Al fin le ganaba una batalla a esa mujer! Ni siquiera había protestado, estaba complacido por haberlo conseguido. Era como tratar con una niña mimada, hacía siempre todo lo contrario a lo que le decían, acorralarla fue la mejor forma que encontró para doblegarla, atacarla por sorpresa y obtener la preciada verdad.

Aunque el silencio regresó en cuanto probaron la comida, y no porque se hubiesen quedado sin nada que decir, sino porque el estómago de Mara rugía y él sintió la necesidad de esperar antes de interrogarla.

Red de mentiras ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora