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Estaba en un piso veinticinco mientras el sol se comenzaba a ocultar en la ciudad

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Estaba en un piso veinticinco mientras el sol se comenzaba a ocultar en la ciudad. Siempre iba allí a tratar cosas importantes. Ellos se reunían en ese rascacielos desde donde se apreciaba todo Denver. Sus "amigos" pasaban largas horas discutiendo y atendiendo "asuntos" mientras que sus mujeres e hijos viajaban o holgazaneaban en alguna de sus propiedades.

A él no le desagradaba estar ahí. Era un lugar tranquilo, no como la vida que llevaba en las calles estadounidenses. Eran momentos en los que seguía aprendiendo sobre el oficio, un momento donde se ajustaban cuentas... el momento en que podía dejar de pensar en esa mujer.

Ardiente, terca y mentirosa.

Esas eran, sin duda, las palabras con las que definía a la joven que llevaba una alianza en el dedo igual a la suya.

Cerró los ojos por un momento y sacudió la cabeza. Desde el instante en que probó los labios de esa maldita mujer, comenzó a perderse en sus pensamientos con facilidad. Eso no estaba bien, tenía que prestar atención a lo que decían, claro está que no lo lograba.

Paciencia.

Aquello era lo que pedía una y otra vez cada vez que la miraba. Ella era tan sencilla y llamativa, no estaba dispuesto a decirle que era preciosa o algún otro adjetivo, sin embargo, sabía que tenía algún poder sobre él y eso jodía su paciencia.

Atracción.

Así justificaba sus frívolas emociones, aunque el suave calor se encontraba colonizando su cuerpo de una manera burlesca, era realmente molesto si quiera pensar en ella.

Y hasta ahí no llegaba el asunto, había descubierto que esos ojos lo veían de un modo extraño, casi llegando a suplicarle por afecto y protección. Había notado aquello porque era un hombre observador, nada pasaba desapercibido para él, aun así, no dejaba de tener en cuenta cómo había entrado en su vida.

¿Por qué era tan intensa, mentirosa e irrespetuosa?

Era simplemente una descarada y... estaba en problemas.

Está en ese maldito bar.

Aquello fue lo único que escuchó cuando Jack lo llamó para informarle sobre el paradero de ella, y sin más, se fue, o para ser más exactos, corrió.

Todos se miraron extrañados al verlo salir así, el asunto de Emerson y la explosión que casi los mata tenía prioridad, pero Devan no pudo ocultar el hecho de que ella le importaba, tampoco era la primera vez que algo con respecto a su vida personal le causaba dolores de cabeza.

Ya dentro de su auto, llamó a Jack, quien le confirmó de nuevo que seguía allí. Se debatió por unos segundos en si ordenarle entrar o no, pero Devan era un hombre autosuficiente, saberla allí de nuevo lo asfixiaba tanto que quería sacarla él mismo.

Es mucha mierda ese lugar.

Así que sin perder más tiempo y soltando un bajo sonido de exasperación, aceleró a toda velocidad, esperando llegar pronto hasta donde estaba la rebelde sin causa.

Red de mentiras ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora