En el corazón de Denver, un hombre lleva una doble vida. De día, Devan es un arrogante y despiadado millonario, dueño de un imperio empresarial que se extiende por todo el mundo. De noche, se transforma en el líder enigmático y temido de una de las...
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Abrió mucho los ojos al verlo. Durante un segundo, sintió un pánico total.
¿Qué haría? ¿Por qué no se movía?
Luego enfocó la mirada y distinguió la diminuta silueta que estaba en el cuarto con paredes blancas, conectado a varios cables.
En su confusión, después de la noticia que le dio Jack, pensó que debía resolver las cosas él mismo, por eso se encontraba en el hospital Saint Joseph.
Pero verlo así...
Ese cuarto era muy pequeño y no tenía ni una ventana. No había equipos médicos innovadores, solo una máquina que medía sus signos vitales. El colchón en el que estaba tumbado era fino y tenía una sábana de carritos algo descolorida.
Le volvieron las palabras de Jack: «No se ve bien, la atención no es terrible, pero tampoco de primera».
Intentó acercarse y al momento tuvo que cerrar los ojos, abrumado por el peso que sintió en el pecho, como la presión de un ahogo.
—Solo está sedado, pero su condición es delicada.
Esta vez se giró hacia la voz áspera que le hablaba.
El doctor Fineman estaba parado detrás de él, con los brazos cruzados sobre su pecho y lo miraba con los ojos entrecerrados. Era el responsable del caso, Devan lo había buscado al llegar.
—Debemos operarlo pronto... —continuó el hombre.
El niño tenía puesto un pijama azul cubierto de planetas y justo a su lado, un globo de cohete flotaba en la esquina derecha de la habitación. A la luz blanca del bombillo que estaba en el techo pudo apreciar que tenía el pelo del color del azabache e inmediatamente pensó en su esposa.
Ella tiene una melena castaña.
Meneó la cabeza en sentido negativo, seguro lo había heredado del padre. Alargó la mano para tocarle el pelo, pero en el último momento se arrepintió y se apartó un poco.
—¿Ya conoce el monto de la cirugía? —preguntó el doctor—. Es una suma considerable.
—No —contestó, y sintió que el hombre lo escaneaba de arriba abajo, su mirada se trabó en el Rolex que llevaba en la muñeca—, ¿podemos hablar en otro lugar? —le pidió Devan y el doctor Fineman no se lo discutió.
Ahora tenía muchas preguntas.
Se puso en marcha y siguió al doctor que, por su lado, iba pensando que nadie más que ese sujeto podría salvar al niño.
—Por aquí estuvo su esposa por la tarde —comentó Fineman—. Y también su suegra.
—¿Mi suegra? —Eso lo sorprendió, pero luego recordó que ella no era hija de Marcela y se recompuso—. Ah, sí, he oído que vendría.