CAPÍTULO 23

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Dos semanas después.

Salí de la universidad como cualquier otro día, con los apuntes apretados contra el pecho y la cabeza saturada de pensamientos irrelevantes. Habían pasado dos semanas desde Francia y todavía no le había contado nada a mis amigas. Fingir resultaba más fácil: fingir que no dolía, que todo se había quedado allá, perdido entre el ruido y la lluvia.

—Oye, Eloy —la voz de Elina me sacó de golpe de mis pensamientos.

Levanté la vista. Su ceño fruncido bastó para decir lo que sus palabras confirmaron.

—Estás muy rara desde que volviste. No sé... como si estuvieras triste. ¿Qué te pasa?

—Es verdad —Stella cruzó los brazos, mirándome fijamente—. Nos estás escondiendo algo ¿no?

Suspiré. Sentí cómo sus miradas me acorralaban. No podía seguir fingiendo.

—Bueno, sí... hay algo. Pero antes de contarles, quiero que sepan que no fue mi intención callarlo. Solo... no sabía cómo empezar. Lo único que quería era olvidar.

Stella me tomó del brazo con una sonrisa amable.

—Vamos, ¿qué puede ser tan grave? Puedes contarnos.

—Sí, ven —Elina señaló el banco junto a la fuente—. Sentémonos allí.

Las seguí con el corazón latiéndome con fuerza, como si supiera que no estaba lista para decirlo. De pronto, el murmullo del campus se desvaneció cuando un sonido cortó el aire. El eco de unos tacones avanzaba con prisa sobre el pavimento, firme, inconfundible.

Al principio no le di importancia, pero algo dentro de mí se tensó, como si mi cuerpo reconociera el peligro antes que mi mente.

Levanté la vista.

Y la vi.
La madre de Asher.

Su figura recortada contra la luz del mediodía parecía demasiado real para ser una coincidencia. Caminaba hacia mí con paso decidido, los labios apretados, la mirada fija. El aire se volvió pesado; el ruido del lugar se apagó. Un escalofrío me recorrió la espalda.

—B... buenas tardes, señora —las palabras se me trabaron, la voz temblando en un susurro que se perdió entre el zumbido de los estudiantes.

Pero no hubo tiempo para más. Su mano se alzó con una rapidez que no alcancé a comprender. El aire frío me rozó la piel un segundo antes de que su palma chocara contra mi mejilla. El sonido fue seco, nítido, como si el mundo entero se hubiera detenido solo para escucharlo.

El golpe me hizo girar el rostro. Sentí el ardor extenderse hasta el cuello, y el corazón se me encogió. A mi alrededor, el campus entero se quedó en silencio. Nadie respiraba. Nadie se movía.

Elina me miraba con los ojos muy abiertos, una mezcla de rabia y sorpresa reflejada en su rostro. Stella, en cambio, reaccionó al instante: dio un paso al frente y se interpuso entre nosotras con determinación, su cuerpo tenso, el puño cerrado.

—¿Así que para esto estabas tan emocionada por la competición? —la madre de Asher se puso roja, los ojos brillándole de ira, la voz quebrada—. ¿Qué clase de persona eres? Primero lo seduces y luego lo haces sufrir. ¡Eres una descarada! Por tu culpa mi hijo casi se muere… y para rematar, le rompes el corazón. ¿Quién rayos crees que eres?

Sus palabras me atravesaron una a una. Sentí que el suelo se deslizaba bajo mis pies, que todo el aire del mundo me faltaba.

—¡Oiga, señora Alba! —Stella la enfrentó, los ojos encendidos—. ¡No tiene derecho a venir aquí y golpearla!

DesilusiónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora