ERWIN: NO TIENE SENTIDO DEL HUMOR

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—¿Quieren dejarlos en paz? Solo están tomando un café, por el amor de Dios... —le dijo una mujer, creando un tenso silencio a nuestro alrededor mientras todos los demás clientes miraban.

Me llevé el café solo a los labios, ya un poco tibio, y me lo terminé sin apartar la mirada de la escena. No era algo extraño que algún matrimonio o algún grupo toca huevos nos insultara por lo bajo y se quejara de nuestra presencia, nuestra peste o de que nos dejaran si quiera entrar. Lo que sí era extraño es que alguien saliera a nuestra defensa, como aquella mujer sentada con sus dos hijos pequeños. Por su pelo apretado en una coleta, lo pálido que tenía el rostro y las ojeras bajo sus ojos, tenía todas las papeletas para ser una madre soltera; de esas que ya estaban hasta la mierda de todo y a las que ya no les importaba gritar a un grupo de obreros que se habían parado a tomar el café allí. Los hombres habían sido bastante claros al demostrar que les dábamos asco y por varias razones: porque Eren era un lobo y, además, maricón. Había decidido limitarme a mirarles fijamente mientras comía a la espera de que se dieran por aludidos y se acobardaran, pero ellos eran un grupo de cinco y se creían muy hombres todos juntos.

—¿Y tú por qué no cierras la puta boca? —le preguntó uno de ellos a la mujer.

—Eren... —murmuré, dejando la taza sobre la mesa antes de levantarme.

Fuimos hacia la mesa de los obreros y, entonces, las cosas cambiaron. No era lo mismo ver a mi lobo bebiendo su vaso de leche como un niño pequeño o mirando hacia la tele o la calle con cara de subnormal, que verlo enfadado, delante de ti con sus enormes brazos cruzados y gruñendo por lo bajo.

—¿Hay algún problema con mi lobo o con... la señora? —pregunté con tono serio—. Porque sí hay algún problema, podemos hablarlo en la calle. No podemos manchar el local de sangre o no nos dejarán volver...

—Váyanse a la mierda —respondió uno.

Solté un murmullo y le hice una señal a Eren para que nos fuéramos. Por supuesto, no íbamos a dejarlo así. Busqué la furgoneta con el mismo logo que en sus chalecos reflectantes, le pinché las ruedas, le rayé el capó y le rompí los cristales para coger un cubo de basura y echarlo dentro. Eren no pudo hacer nada porque lo tenía prohibido, pero eso no le impidió quedarse gruñendo cuando los hombres volvieron y vieron aquel desastre.

—Ustedes sí que se van a ir a la mierda, literalmente... ­—sonreí.

Tras una lucha breve en la que Eren les dejó a todos tirados en el suelo y sangrando, porque iba a atacar a su compañero y estaba en su derecho de defenderle, le di una caricia en la barriga y un beso de felicidad en los labios. Decir que no me encantaba tener a un mafioso de dos metros y con los brazos más grandes que mi cabeza solo para mí... sería mentir. No estaba haciendo nada que yo no hubiera hecho por mí mismo antes, no era que ese poder me estuviera consumiendo, no, yo siempre había sido así de guerrillero y barriobajero; pero ahora lo estaba haciendo con la seguridad de que era intocable. Era una sensación muy extraña para alguien que siempre había estado solo y que se llevaba la mano al bolsillo donde escondía la navaja cada dos por tres. Ahora me sentía totalmente seguro con Eren, tanto, que había casi perdido la buena costumbre de llevar un arma encima, de mirar por la ventana para ver si había alguien espiando o de apurar el paso cuando me cruzaba con un grupo peligroso por la calle. Ya no importaba lo que pasara, porque tenía a Eren.

Evidentemente, no volvimos a ver al grupo de obreros por la cafetería nunca más, pero si a la madre soltera, a la que a veces saludaba con un asentimiento de cabeza. No sabía lo que la había llevado a dar la cara por nosotros, si quizá había sido lobera y entendía un poco a los lobos o si, por el contrario, era de esas personas a las que las injusticias no le gustaban. Fuera como fuera, se había ganado mi respeto.

Humano - EreriHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora