NOSOTROS: EL COMPAÑERO Y EL LOBATO

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Mudarse afectó un poco a nuestra rutina. Al vivir frente al Refugio, ya no teníamos que conducir más de media hora ida y vuelta cada noche, así que nuestras tardes eran más largas y tranquilas. Tuvimos que buscarnos otro local en el que desayunar, sí, pero no tuvimos que cambiar de tienda de comida. La dueña de la anterior, al saber que nos mudaríamos, estuvo dispuesta a enviarnos los tuppers por un servicio de correos cada día; directos a casa. Imagínense el dinero que debía ganar conmigo si estaba dispuesta a largo del mes. Por supuesto, no le di la dirección de la Guarida, sino del Refugio, donde alguien podía recoger el pedido y después nosotros hacer eso. Eren se comía en una semana más de lo que todos sus clientes a lo iríamos a buscarlo tranquilamente después de hacer nuestras cosas. Así que, en general, Eren y yo teníamos más tiempo para quedarnos en la cama y retozar bajo el edredón cálido mientras afuera hacía frío y nevaba.

Ya habían empezado las nieves más duras y ese frío invernal que se te calaba hasta los putos huesos, que se alargarían hasta bien entrado febrero con los primeros deshielos. De todas formas, yo seguía fumando en el balcón con mi cazadora militar y un café caliente en la mano cada tarde después del sexo, dejando a Eren dormido como un oso en esa enorme cama donde cabía entero sin tener que dejar las piernas afuera. Como muchas otras cosas, había cambiado mi puerta con vistas a un descampado con la ciudad al fondo, por vistas a la calle nevada, los rascacielos sobre los tejados y el hotel lobuno repleto de estúpidas luces de navidad. A veces veía a Farlan, quien tenía una habitación en el quinto piso, pero también a algunos otros de los solteros que, como me imaginaba, no tenían pudor alguno y se paseaban desnudos de un lugar a otro sin bajar las cortinas. Aquellas vistas eran como el sueño húmedo de cualquier adolescente salido, con la cara pegada a la ventana mientras veía a su vecino desnudarse. Otras veces eran un espectáculo de los horrores, porque también se veían algunas de las habitaciones de los Lobatos. Ellos sabían que quizá yo estuviera allí fumando y no se privaban de pegarse a la ventana cada vez que me veían, solo para enseñármelo todo si estaban desnudos, fingir que les estaban haciendo una mamada, pelársela delante del cristal, reírse y hacer todo tipo de gestos obscenos. Cosas de Lobatos, ya saben.

Al caer la noche, empezaban a haber mucho más movimiento, cuando se encendían las luces y salían y entraban continuamente del Refugio. Erwin era siempre de los primeros, con su cazadora sobre su jersey y camisa, como un empresario muy importante que caminaba apenas diez metros para entrar en el edificio de oficinas. Entonces los Machos Solteros salían para irse a sus trabajos o a visitar a sus humanos si tenían tiempo libre, las crías llegaban para sus clases nocturnas acompañados de sus padres y los Lobatos iban a hacer sus mierdas de pandilleros. Eren y yo también bajábamos en aquel momento, despidiéndonos con un beso antes de girar cada uno por un lado de la calle: yo me iba al garaje a por el todoterreno, les daba tabaco a los pajilleros de turno mientras aguantaba sus tonterías y me lo llevaba todo al almacén. A veces Farlan me acompañaba y a veces venía un poco más tarde porque el Beta también tenía a sus humanos para desahogarse y a los que le gustaba visitar; pero siempre se acababa reuniendo conmigo en conserjería. El Beta solía soltar un leve ronroneo de placer al sumergirse en el ambiente caldeado, gracias a que ahora había un pequeño calefactor que irradiaba un calor muy agradable; uno que, por supuesto, yo había tenido que comprar porque aquel edificio de mierda no tenía calefacción. Una de esas noches, Farlan llegó empapado por la nieve y, después de quitarse la cazadora, se quitó también las botas y los pantalones bombachos mojados y embarrados, sentándose en el sofá completamente desnudo de cintura para abajo. Y, como ya era costumbre, se había empezado a rascar nada sutilmente sus pelotas.

-Creo que nuestra confianza ha ido demasiado lejos, Farlan -le dije, observando todo aquello con el ceño fruncido.

-Esto es lo que pasa cuando un Macho se siente a gusto con alguien, Levi. Deberías tomártelo como un halago -respondió sin más, dándole un trago al café latte bombón que siempre le compraba-. Piensa que es como una demostración visual de que eres mi mejor amigo.

Humano - EreriHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora