Capítulo 5

27 3 0
                                        

Capítulo 5: Hay veces en las que tenemos que recordar que ningún dolor dura para siempre.

Riana

Aria está trepando sobre un árbol, no es muy alto pero una caída para su pequeño cuerpo puede ser un poco grave.

- Aria, baja, te puedes lastimar - grito desde mi lugar en el piso.

Mi hermana me ignora y sigue subiendo, las ramas que están más a lo alto se vuelven más frágiles.

- Si no es peligroso no es divertido.

- Si te lastimas no me importa pero papá me castigará a mí.

La rama que sostiene casi todo su peso se quiebra, el chasquido es lo único que se escucha en el silencio de la tarde.

Miro como Aria cae frente a mí en un golpe seco y doloroso, aterrizando de cara.
Cuando empieza a llorar y a frotar su pequeña rodilla me acerco a ella.

- Te lo dije.

- Me duele mucho.

Suelto un bufido mientras me agacho a su altura.
Le deposito un pequeño beso sobre los raspones y el hematoma sobre su barbilla.

-¿ Te sigue doliendo ?

Niega con lágrimas corriendo por sus mejillas rojizas, un par de mechones castaños que se escaparon de sus coletas caen sobre sus ojos verdes.

A diferencia de mi, el cabello de Aria es unos tonos más claros y al estar al sol saltan un par de reflejos rubios.

- Ningún dolor dura para siempre - rodeo sus hombros con mi brazo izquierdo - aunque ya no puedas aguantar más tienes que recordar que en algún momento todo terminará.

- Me prometes que siempre estarás para besar mis heridas- me ruega con sus ojos tristes.

- Lo prometo - deposito un beso grande sobre su cabeza.

No lo supe hasta años después pero...Me equivoqué en dos cosas.

Si hay dolores que duran para siempre pero aprendemos a lidiar con ellos y no dejamos que nos afecten, hasta que un día cuando pensamos en él es un simple recuerdo.

Y no pude cumplir mi promesa, no estuve ahí cuando ella más me necesitaba y ese hecho me perseguirá el resto de mi vida.


Siempre les decían a nuestros padres que parecíamos gemelas a pesar de nuestras diferencias de edades.

Pero Aria y yo no podríamos ser más diferentes, ella es la carismática que siempre establece conversaciones con desconocidos.
Mientras que yo soy la que te saluda solo si es obligada a hacerlo, prefiero los silencios incómodos a hablar con otras personas.

Ella siempre era atlética y por la que se peleaban para que formen parte de sus equipos.
Mientras que a mí siempre me dejaban al último porque sabían lo desastrosa que era.

Las personas solo se acercaban a mí para estar con ella.

Siempre me ponía a pensar en como sería ser hija única, estaba cansada de vivir bajo su sombra.

Pero ahora mirando su frío cuerpo sin vida en el ataúd, no puedo dejar de pensar en lo equivocada que estaba, y un poco culpable, quizás lo pensé tanto que lo terminé manifestando.
Desearía poder haber tenido más tiempo con ella o poder despedirme.

Pero la depresión es una enfermedad tan silenciosa que no te das cuenta hasta que es demasiado tarde.

Coloco sobre su mano una margarita blanca, era su flor favorita y es irónico que recién ahora reconozca que la representanta a la perfección.

Las margaritas blancas son conocidas por representar la pureza e inocencia.

Todo lo que Aria era y seguirá siendo.

Me despido de ella con una última mirada y con la promesa de encontrar la razón de su repentina muerte y hacer justicia.

KingdomDonde viven las historias. Descúbrelo ahora