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❝ ¿Tengo que ir obligatoriamente?... ❞
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Una vez más la nieve formaba remolinos tras las heladas ventanas; se acercaba la Navidad. Como todos los años y sin ayuda alguna, Hagrid ya había llevado los doce árboles navideños al Gran Comedor; había guirnaldas de acebo y espumillones enroscados en los pasamanos de las escaleras; dentro de los cascos de las armaduras ardían velas perennes, y del techo de los pasillos colgaban a intervalos regulares grandes ramos de muérdago.
Mientras que en el Cuarteto de Oro estaban divididos, Ron y Hermione no se hablaban, y ponían a Emma y a Harry en una situación incómoda. Aunque la Stark solía pasar más tiempo con Hermione porque cada que estaban Harry, Ron y ella, tenía que aguantar con frecuencia la presencia de Lavender Brown, quien opinaba que cualquier momento que no estuviera besándose con Ron era tiempo desperdiciado; y eso le provocaba náuseas.
— No tiene derecho a quejarse, porque ella se besaba con Krum — les dijo a Emma y Harry. — Y ahora se ha enterado de que alguien quiere besarse conmigo. Pues mira, éste es un país libre. Yo no he hecho nada malo.
Harry fingía leer su libro, mientras Emma jugaba distraidamente con una pequeña esfera de energía entre sus dedos.
Como estaban decididos a seguir siendo amigos de los dos, no tenían más remedio que mantenerse callados cada tanto.
— Yo nunca le prometí nada a Hermione — farfulló Ron. — Hombre, sí, iba a ir con ella a la fiesta de Navidad de Slughorn, pero nunca me dijo… Sólo como amigos… Yo no he firmado nada…
Hermione tenía la agenda tan llena que Emma y Harry sólo podían hablar con calma con ella por la noche, aunque, en cualquier caso, Ron estaba enroscado alrededor de Lavender y ni se fijaba en lo que hacían sus amigos.
Hermione se negaba a sentarse en la sala común si Ron estaba allí, de modo que Emma y Harry se reunían con ella en la biblioteca, y eso significaba que tenían que hablar en voz baja.
— Tiene total libertad para besarse con quien quiera — afirmó Hermione mientras la bibliotecaria, la señora Pince, se paseaba entre las estanterías. — Me importa un bledo, de verdad. Dicho esto, levantó la pluma y puso el punto sobre una «i», pero con tanta rabia que perforó la hoja de pergamino.