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–¿Qué tal la noche? –preguntó Travis, que estaba limpiando algunas copas, preparando todo para cuando los clientes empezasen a llegar.
–No pasó nada. Lo dejé en su casa y yo me fui a la mía –expliqué, pues ya empezaba a darme cuenta de por dónde iba aquella conversación.
–Ya... –aquel tono, aquella forma de hablar, jamás me había gustado. Era imponente y siempre conseguía ponerme nerviosa. Así que simplemente tomé la escoba y empecé a barrer para no tener que enfrentarme a él. –Tienes que dejar de ser así.
–¿Así cómo? –pregunté frunciendo el ceño.
–No eres una puta hermanita de la caridad, Alice. Eres camarera.
–Pero también soy persona. ¿Cómo iba a dejarlo en la calle, así sin más?
–Pues como a los otros borrachos con los que te encuentras cada noche, ¿no? –me mordí el labio, intentando controlarme, porque no me gustaba por dónde estaba yendo aquella conversación.
–Igual deberíamos poner un límite, ¿no? ¿Por qué tenemos que darle más alcohol a una persona que ya no sabe ni dónde está? –aquello era lo que menos me gustaba de mi trabajo, sin duda alguna.
–Porque somos empleados, Alice. El dueño manda, no nosotros –aquellas palabras me recordaron lo poco que me gustaba mi trabajo y lo rápido que me largaría en cuanto encontrase algo mejor.
Decidí no responder y seguir con mi trabajo, barriendo el suelo en silencio. Dentro de lo malo, aquello me daba algo de paz. No tener que escuchar a Través durante un rato, también era un alivio. Lo que tenía de bueno en la cama, lo tenía de capullo fuera de ella.
Seguí limpiando, intentando centrarme en la música que provenía de la radio en vez de en el hecho de que mi compañero no me quitase el ojo de encima.
Y entonces, la puerta del local se abrió lentamente y el rostro de una persona conocida apareció al otro lado de ella.
Charles.
Jamás me olvidaría de aquellos ojos verdosos que, la noche anterior, estaban cargados de tristeza y desazón.
Sonreí levemente, dejando la escoba a un lado cuando se adentró en el local con las manos en los bolsillos de su pantalón vaquero negro mientras sonreía débilmente. Aquel gesto estaba cargado de vergüenza.
–Yo... venía a darte las gracias por lo de anoche –susurró cuando llegó hasta donde yo estaba. Dejé la escoba a un lado, olvidándome de todo lo que tenía que hacer por el simple hecho de que él había llegado. –Siento si ayer no me comporté como debería. Tuve un mal día y...
–No hiciste nada malo –le excusé, fijándome en cómo se había ruborizado mientras pedía disculpas.
–Bueno... recuerdo que tu compañero quería pegarme –bromeó, aunque era la realidad. El rubio le dedicó una corta sonrisa falsa que me hizo sentir mal por Charles. En el fondo, no merecía que Travis lo tratase de aquella manera. Era más que obvio que no estaba pasando por su mejor momento. Y, a pesar de lo borracho que estaba la noche anterior, en ningún momento había pasado ciertos límites.