¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Me fijé en Alice, que daba vueltas de un lado a otro, jugando con sus manos de manera nerviosa. Estábamos en su casa, esperando a que llegasen sus padres, y podía ver perfectamente que estaba a punto de perder los nervios.
–Vamos, Alice... tranquilízate, por favor –pedí después de estar observándola durante largos minutos.
–Tienen que estar a punto de llegar –susurró cuando se paralizó frente a mi, llevándose las manos a la cara.
–Ven aquí, anda... –pedí tomando sus manos, obligándola a acercarse a mi.
La abracé con fuerza contra mi pecho, como si aquel gesto fuese a solucionar todos sus problemas. Al menos, eso era lo que quería. Odiaba verla así; tan agobiada, tan poco ella. Era la primera vez que la veía realmente preocupada porque, de una vez por todas, iba a enfrentarse a aquello que la aterraba. Y lo iba a hacer conmigo a su lado, tomando su mano si era necesario. Haría cualquier cosa por ella, igual que ella lo había hecho por mi cuando más lo necesitaba, cuando me estaba ahogando en alcohol aquella noche en el Zelo's.
–¿Por qué tienes tanto miedo? –pregunté acariciando su larga melena rubia. –¿Es que tan aterradores son tus padres?
–No son exactamente... aterradores. Ya me he acostumbrado a ellos, a sus interrogatorios y a sus preguntas impertinentes, pero tú no.
–No tienes que preocuparte por mi, Alice.
–Pero... ¿y si te dicen algo... extraño?
–Entonces les contestaré de la misma manera en la que me hayan preguntado.
Escuché su risa nerviosa chocar contra mi pecho mientras sus dedos jugaban con la tela de mi camiseta, pareciendo que se relajaba poco a poco entre mis brazos. Aunque, en el fondo, sabía que todo era una fachada. Estaba igual de nerviosa que hacía unos minutos.
El timbre de casa interrumpió nuestro abrazo, haciendo que Alice se sobresaltase entre mis brazos. Escuché su respiración entrecortada justo antes de alejarse de mi para apresurarse a abrir la puerta de casa. Pero no lo hizo hasta que inhaló y exhaló varias veces, supongo que en un intento de relajarse para aparentar que todo estaba bien.
Aunque la realidad no era esa.
–¡Hola cariño! –una voz de mujer, bastante chillona e histriónica, se escuchó a lo largo y ancho de toda la casa. Fue entonces cuando la vi, abrazando a Alice mientras ella parecía cada vez más incómoda.
Se trataba de una mujer tan rubia como su hija, extremadamente elegante y con la cabeza bien alta. Y llegaba seguida de un hombre que, a pesar de su intento de sonrisa, era más que obvio que se parecía mucho a su mujer.
–Has engordado, ¿verdad? –preguntó la madre, mirando a Alice de arriba a abajo. Me mordí el labio inferior con fuerza, intentando aquellas enormes ganas que tenía de gritarle a aquella mujer lo enormemente estúpida que era.