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Me desperté a la mañana siguiente cuando los rayos de sol comenzaron a deslumbrarme. Me desperecé, con mucho pesar, estirándome en cama, para darme cuenta al instante de que Charles ya no estaba allí.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza, de manera prácticamente arrebatadora, al pensar en todas las posibilidades, pero especialmente en una. ¿Y si, después de lo que había pasado la noche anterior, se había marchado? Quizá no le había gustado lo suficiente, o quizá se había dado cuenta de que no yo no le gustaba tanto como para quedarse hasta la mañana siguiente.
Me levanté lentamente, intentando calmar mi corazón inquieto, pensando en todo lo que podía salir mal. Y es que, al fin y al cabo, yo jamás había sido de ese tipo de personas a las que le salen las cosas bien. Jamás había sido así y jamás lo sería.
Pero todo cambió cuando abrí la puerta de mi habitación y comencé a escuchar ruidos en la cocina. No estaba sola, de eso no había duda. Charles seguía allí, en mi casa. Se había quedado después de nuestra noche de pasión. Suspiré profundamente, aliviada. Y cuando llegué hasta la cocina, me llevé una mano al pecho.
Allí estaba Charles, tan solo vestido con su ropa interior, mientras preparaba un desayuno para dos. En la cocina olía a tostadas, a huevos revueltos y a café recién hecho. Por primera vez en mucho tiempo, en mi cocina volvía a respirarse vida y hogar, y eso fue algo que me puso el vello de punta. Porque se trataba de Charles; un hombre al que había conocido hacía relativamente poco pero que había conseguido hacer balancear todos mis cimientos.
–Buenos días –susurré con algo de timidez. Todavía llevaba puesta la camiseta de Charles. Olía a su colonia, y a juzgar por su sonrisa, debió gustarle mi atuendo.
–Buenos días... He preparado el desayuno –anunció, seguido de un suspiro tembloroso que me dejó ver que yo no era la única que estaba nerviosa. La mañana siguiente siempre era el peor momento. Jamás sabía qué hacer, sobre todo si tenía a Charles ante mía, con su cuerpo solamente cubierto por un boxer negro francamente ajustado. –Espero que no te haya molestado. He puesto tu cocina patas arriba –comentó riendo de manera nerviosa.
–No, está bien. Todo tiene muy buena pinta...
–Pues siéntate y te sirvo –respondió señalando a la pequeña mesa cuadrada que había al lado de la cocina. –¿Café? –pregunté mientras yo me sentaba.
–Sí, por favor –pedí mientras era incapaz de alejar mis ojos de su cuerpo semidesnudo. Me pregunté entonces qué había hecho yo para merecer aquello. Sin duda alguna, debía ser una de las favoritas de Dios. Sino, ¿por qué demonios iba a estar Charles allí, preparándome el desayuno después de una de las noches más fogosas de mi vida?
–¿Estás bien? –preguntó después de servir el café para ambos y traer unos cuantos platos con comida a la mesa. Se sentó frente a mi, con una sonrisa nerviosa y el cabello más revuelto que nunca, prueba de que había sido una noche interesante.