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–Joder... –aquel fue el último gemido de Charles, el que anunciaba la llegada del éxtasis, el que me hacía saber que él había disfrutado tanto como yo. Allí, en su apartamento en Mónaco, habíamos dado rienda suelta a toda la lujuria que llevábamos dentro.
Me fijé en sus ojos verdes, aquellos que estaban clavados en los míos y que transmitían una especie de electricidad que me hacía estremecer. Porque a primera vista, Charles podía parecer una persona tierna y achuchable, pero una vez se metía en la cama parecía transformarse.
Era todo pasión, lujuria y desenfreno. Era otra persona; una que me gustaba todavía más, si es que era posible. Cada vez que sentía a Charles dentro de mi, cada vez que clavaba mis uñas en su espalda, cada vez que gemía cerca de mi oído, le quería todavía más. Porque, a pesar de que no se lo hubiese dicho, esa era la verdad. Le quería.
–Dios, Alice... –susurró mientras sonreía tontamente, apartando algunos mechones que caían sobre mi cara. –Me encantas, te lo juro.
Sonreí tontamente al escucharle, con nuestras respiraciones entrecortadas por el esfuerzo y algunas gotas de sudor en la frente.
–Lo digo en serio, Alice –esta vez, su gesto era serio. No estaba bromeando. –Yo, Alice... te quiero.
Dos palabras. Dos simples palabras que podían cambiarlo todo. Aquellas dos palabras que, de repente, pusieron mi mundo patas arriba. ¿Sentía lo mismo? Joder, sí... pero verbalizarlo, decirlo en voz alta me alteraba el pulso. Porque significaba arriesgarse, significaba lanzarse al vacío y, quizá, acabar con el corazón roto una vez más. Y la última vez que lo había hecho, había terminado destrozada.
–Charles, yo...
Antes de que pudiese decir algo más, el timbre de casa interrumpió aquella conversación incómoda. "Salvada por la campana", pensé. Aunque tan solo era un poco de tiempo extra. Tarde o temprano tendría que enfrentarme a aquella conversación. Y mi respuesta la tenía clara. Joder, claro que lo quería, pero el miedo a abrirme de nuevo con otra persona era tan grande que me dejaba bloqueada.
–Voy a abrir la puerta, –anunció cuando el timbre volvió a sonar– pero no te vas a librar de esta conversación.
Su sonrisa traviesa me tranquilizó. Que no estuviese presionándome en exceso era todo un alivio.
Se vistió rápidamente cuando el timbre nos sobresaltó de nuevo, haciendo yo lo mismo por si se trataba de una emergencia. Al fin y al cabo, ¿por qué sino iba a insistir tanto alguien?
–¡Cariño! ¡Qué bien te veo, hijo!
Mierda.
La sangre se me heló en las venas cuando escuché la voz de aquella mujer, y quise echar a correr. No estaba preparada, pero entonces recordé que Charles había estado a mi lado en todo momento cuando mis padres decidieron hacer una visita con la única finalidad de hundirme. Él me había apoyado, me había defendido, había agarrado mi mano cuando peor lo estaba pasando, y yo tenía que hacer lo mismo si algo malo sucedía. Pero, a fin de cuentas, ¿podía existir algo peor que mis padres? Complicado.