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Suspiré profundamente cuando el último cliente abandonó el local. Miré el reloj en la pared, que marcaba las seis de la mañana. No podía estar más agotada. Necesitaba irme a casa cuanto antes, pero lo más importante... necesitaba alejarme rápidamente de Travis. Llevábamos días prácticamente sin hablarnos. Todo se había vuelto realmente tenso desde que Charles enviase la postal y nuestros planes se fuesen al traste.
–¿No te quedas a recoger? –fueron las únicas palabras de Travis, haciendo que me girase cuando ya estaba alcanzando mi bolso. Lo hice con el ceño fruncido y ganas de gritarle todo lo que llevaba dentro.
–Me quedé ayer, cuando tú te fuiste a casa a follarte a la pelirroja esa. ¿Recuerdas? –lo dije directamente, sin que me temblase la voz. No iba a ser yo la estúpida que trabajase para él día tras día.
–¿Pretendes que recoja yo todo esto? –preguntó señalando el local, y yo simplemente le dediqué una sonrisa falsa.
–Hasta mañana, Travis.
Lo dije antes de echar a andar hacia la puerta, escuchando cómo mascullaba y se quejaba mil y una veces. Pero me dio igual. Simplemente salí, con una sonrisa en mis labios al imaginar cómo sería acostarme en mi cama por fin.
Pero entonces le ví. Allí estaba Charles, con las manos metidas en los bolsillos y una pequeña sonrisa tímida que me hizo sonreír a mi también. Noté cómo mi corazón empezaba a palpitar de manera desbocada, más rápido que nunca, y tan solo él era el culpable.
Me acerqué andando lentamente, bajando la mirada al suelo al no saber ni siquiera qué decir. Una pequeña sonrisa se escapó entre mis labios que estuve frente a él y el silencio cayó entre los dos. Ambos reímos al no saber muy bien qué decir, pero no había nada incómodo en aquella reacción. Era el nerviosismo, la timidez, que estaba a flor de piel.
–Buenos días... o noches, no sé muy bien –hablé entre risas nerviosas que él me correspondió.
–Buenos días –respondió sonriente. Me gustaba verlo así después de haberlo visto completamente destrozado. Parecía otra persona diferente, pero era increíble. –Me preguntaba si querrías desayunar conmigo...
Sonreí mordiéndome el labio inferior, dirigiendo la mirada a mi coche, que se encontraba aparcado en la acera de enfrente. Tenía unas ganas enormes de irme a casa, acostarme en mi cama y dormir durante doce horas seguidas, pero el ansia por volver a hablar con él, por estar a solas de una vez por todas, pudo más que mi cansancio.
–La verdad es que tengo un hambre que me muero –mi contestación hizo que él sonriese ampliamente, dejando ver su dentadura perfecta. Ese día se había puesto un jersey blanco que le sentaba realmente bien y que resaltaba el color verde de sus ojos. Su cabello estaba igual de revuelto que siempre, pero a él le quedaba bien.
–Conozco una cafetería a unos metros de aquí que sirven unos desayunos increíbles –habló finalmente, y yo tan solo asentí para acercarme a él y empezar a andar a su lado.