¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Miré a mi alrededor en las calles de Sakhir. A mi derecha estaba Max, y a mi izquierda Lando. Habíamos decidido ir a dar una vuelta ya que habíamos llegado un día antes de lo esperado a Bahrein.
–Entonces… ¿Ya la has llamado? –preguntó Max, que parecía estar realmente interesado en mi vida.
–No. No sé si es buena idea –contesté algo dubitativo.
–¿No sabes si es buena idea? No me jodas, Charles… Ella misma te dio su número –respondí frunciendo el ceño a la vez que reía.
–¿De quién estamos hablando? –preguntó Lando, que estaba un poco desorientado.
–De la camarera del Zelo’s –contestó Max antes de que yo tuviese tiempo a hacerlo. –La conoció una noche, completamente borracho, y ella tuvo que llevarlo hasta casa. Y este se ha enganchado –si no fuese porque Max era mi amigo, habría pensado que estaba disfrutando de aquella vergüenza que me estaba haciendo pasar.
–¿Te dio su número y no la llamas? –preguntó Lando algo contrariado.
–¡Gracias! Joder… al menos no soy el único que lo piensa –exclamó Max, que llevaba insistiendo varios días en que llamase a Alice.
Pero había un problema. ¿Qué debía decir? Me moría de vergüenza y tenía miedo a quedarme callado y que ella pensase que era simplemente idiota. Y, aún así, me moría por llamarla y poder hablar un poco sobre todo y nada; como cada vez que nos encontrábamos.
–No sé… Quizá estoy dándole muchas vueltas y simplemente ha sido amable conmigo –susurré haciendo que Max pusiese los ojos en blanco, francamente cansado de que siempre estuviese hablando del mismo tema. No le culpaba. Temía estar a punto de perder la cabeza, porque era incapaz de dejar de pensar en aquella rubia de ojos azules y sonrisa perfecta.
–Puede que estuviese siendo amable la primera noche, cuando te ayudó a llegar a casa, pero… ¿por qué te daría su número de teléfono si no quisiese tener contacto contigo?
–Tiene razón –le apoyó Lando, que parecía estar siempre de acuerdo con el holandés, que esta vez sonreía orgulloso porque, finalmente, alguien estaba de acuerdo con él. –Venga, llama a… ¿cómo se llama? –preguntó el inglés.
–Alice –respondió Max sin darme tiempo a hacerlo a mi. –¿Qué? No es mi culpa que no dejes de hablar de ella…
–Pues venga, llama a Alice –insistió Lando una vez más.
–Que no la voy a llamar, joder –me negué de nuevo ante sus insistencias. Mi mirada se dirigió a Max, que sonreía de forma maliciosa, pero también cómplice con Lando. –¿Qué os hace tanta gracia?
–Es gracioso verte así –contestó el británico, el cual no se escondía para reír.
–¿‘Así’ cómo? –pregunté ya algo cansado de aquel tema.