Naruto
Neji se enfadó después de que defendí a mi hermano. Lo amo muchísimo, pero Dei solo se preocupa por mí, y aunque perdió el control, no puedo aceptar que Neji lo insulte de esa forma.
Se marchó dejándome como un idiota en medio del centro comercial, pero está bien… siempre es así. Un par de días y se le pasará. O tal vez deba ir a su casa a disculparme, no lo sé…
—¡Hey! ¿Te acerco?
Esa voz me sacó de mis pensamientos. Lo primero que vi fue un Porsche negro brillante, y luego al tipo dentro de él. Esperaba a un hombre mayor, pero era joven… y demasiado bien parecido.
Estuve a punto de rechazarlo, hasta que vi una maleta a su lado repleta de efectivo. Seguro era uno de esos niños mimados que tienen billetes hasta para limpiarse el culo.
No lo pensé más. Subí. Podía sacar algo de dinero, y como no estaba en el bar, el abuelo no tendría por qué enterarse. Iría directo a los ahorros que Deidara y yo juntamos a escondidas.
Quinientos por tres horas… ¿en serio?
Lo sabía, un niño rico más.
—Conozco un buen motel, no muy lejos de aquí —le dije con calma.
El tipo me miró, pero enseguida volvió su rostro hacia el camino sin responder. Así que me limité a observar por la ventanilla. Supuse que querría aprovechar al máximo sus quinientos dólares, y me preparé mentalmente para lo que vendría.
Durante el resto del trayecto no dijo una palabra, y yo tampoco insistí. Lo que buscaba de mí no estaba en una conversación, sino bajo mis pantalones. Nada más podía ofrecerle.
Casi veinte minutos después se estacionó.
Conocía ese lugar, aunque hacía mucho no venía.
—¿Qué hacemos aquí? —pregunté.
—Baja.
Salió del auto sin darme tiempo a protestar. Lo seguí hasta el muelle, donde se recargó en el barandal. El viento movía su cabello oscuro mientras miraba el agua en silencio. Había algo en su mirada… algo pesado, profundo. No me atreví a interrumpirlo.
La brisa me golpeó el rostro, fresca y constante, y por un instante fue como si se llevara mis preocupaciones con ella.
La última vez que vine aquí fue hace muchos años. Papá nos traía muy seguido, nos compraba helado y jugaba con nosotros. Sonreí con nostalgia, pero pronto la sonrisa se desvaneció, reemplazada por una tristeza que me estranguló el pecho.
Cómo desearía que aún estuvieras aquí…
Tú no habrías permitido que Jiraiya nos dañara así.
Ahora entiendo por qué nunca nos hablaste de él. Por qué nunca lo dejaste acercarse.
Si tú siguieras aquí, Deidara y yo todavía estudiaríamos, e Ino podría sonreír. No estaría encerrada en ese cuarto para alejarla del abuelo.
Deidara y yo… no tendríamos que hacer lo que hacemos.
—Este lugar me calma —dijo él de pronto.
Giré el rostro y limpié las lágrimas que no supe cuándo comenzaron a caer.
—Sí… es muy tranquilo —respondí, forzando una sonrisa.
—¿Por qué me trajiste aquí? —pregunté después.
—Vengo cuando necesito escapar del mundo.
Lo miré y sonreí débilmente.
—Así que necesitas escapar del mundo…
—No. Me parece que tú lo necesitabas más.
Un nudo me subió por la garganta. Me coloqué las gafas y sonreí como pude, intentando ocultar la punzada en el pecho.
—No, no lo creo… —murmuré.
Él se acercó y me quitó las gafas con suavidad. Las sostuvo entre sus dedos, observándolas con una calma que me desarmó.
—¿Quieres comer algo? —preguntó.
—¿Bromeas? Aún tengo que terminar mi trabajo contigo. Y lo siento, pero no puedo más de tres horas.
—Dime algo… ¿de qué trabajas?
Solté una risa incrédula.
—¿En serio? Soy un chico de compañía. Un… ya sabes.
—Bien, chico de compañía —replicó—. ¿Dónde te gustaría acompañarme a comer?
Reí con ironía.
—Eres el único que conozco capaz de pagar quinientos dólares solo para venir al muelle y comer.
—Conozco un restaurante cerca de aquí.
—Olvídalo, pura gente estirada y engreída —bufé.
—Entonces, ¿a dónde quieres ir tú?
—Hay un puesto de hamburguesas, no muy lejos.
Me miró como si acabara de decir una locura.
—No lo sé…
—¡Vamos! Son deliciosas, ya verás.
Sasuke
No era lo que tenía en mente, pero después de seguir sus indicaciones llegamos a una pequeña hamburguesería. La higiene dejaba mucho que desear, pero a nadie parecía importarle.
Nos sentamos en una barra del fondo, y él pidió dos hamburguesas y papas fritas.
Cuando llegaron, aquello se veía… grotesco. Queso y tocino desbordaban por los bordes. Pero ese chico ya tenía los cachetes inflados, devorando su hamburguesa como si no existiera nada más.
—Pruébala, te gustará —dijo entre bocados.
Suspiré, la tomé con cuidado y le di una mordida. No me gustó, pero di otra más para no decepcionarlo.
Unos minutos después llegaron dos cervezas. Yo no las había pedido.
—¿Bebes? —pregunté.
—¿Tú no? —rió—. Descuida, niño bonito, te pediré una malteada con mucha crema batida.
—Está bien, la cerveza —dije, y sonrió satisfecho.
No terminé mi comida. Esperé a que él acabara —dos cervezas más después— y finalmente salimos.
—¿Te gustó? —preguntó.
—No. La próxima yo elijo el lugar.
—De acuerdo —respondió, sonriendo.
Caminamos de vuelta al auto. Estaba por abrir la puerta cuando se recargó en ella, mirándome fijamente, bloqueando mi paso.
—¿Qué sucede? —pregunté.
—¿En serio no piensas hacer nada conmigo?
—No. Ahora sube.
—¿Eres… hetero?
Su tono era un reto, una provocación.
Sentí el aire espesarse entre ambos. Sus ojos azules eran dos cuchillas afiladas, llenas de curiosidad y algo más oscuro.
Se acercó demasiado. Pude sentir su respiración rozando la mía, el leve temblor en mis manos.
Lo empujé con torpeza, intentando mantener la calma.
Él sonrió, divertido.
—No eres hetero… —susurró, con una risa casi inaudible—. Entonces, ¿qué eres, niño bonito?
No supe qué responder. El silencio se volvió insoportable.
—Basta de juegos, sube al auto —dije al fin.
Me observó un segundo más, ladeando la cabeza con una media sonrisa.
El viento volvió a soplar, arrastrando el olor a mar y algo de miedo.
—¡Ya se!
Me tomo por los hombros y me empujo con fuerza acorralandome sobre mi propio auto, coloco una de sus manos al lado de mi rostro y la otra mano fue directo a mi trasero, sentí mi rostro arder, cuando la mano en mi trasero después de un apretón fue directo a la parte delantera a tocar mi erección... el sonrio satisfecho
Jamaz me había sentido tan avergonzado
–¡Lo sabia! Niño bonito, Te gusta estar abajo
ESTÁS LEYENDO
Intocable (Terminada)
FanfictionLo primero que vi fue su gran sonrisa, esa que solo acentuaba mas las arrugas en la comisura de sus ojos, pero lo que mas me impacto es que en cuanto me vio se lanzo a abrazarme Jiraya- oh! Dios... Eres igualito a tu padre (miro a naruto) tu tambien...
