Si puedo evitarlo

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***


Deidara:

Naruto se quedó dormido en mis brazos. Yo, por más que lo intentaba, no podía cerrar los ojos. El amanecer comenzó a asomarse lentamente por la ventana y, de alguna manera, me sentí más tranquilo: era sábado, lo que significaba que Ino no tendría que ir a la escuela.

Me moví con cuidado, apartando a Naruto con suavidad para no despertarlo. Me aseguré de cubrirlo bien con la manta antes de levantarme. Caminé hasta el sofá, tomé mi mochila y saqué una bolsita de cristal. De debajo de la cama recuperé un foco y un encendedor. Luego recogí del suelo el maldito vibrador y salí de la alcoba, caminando en silencio para que nadie se diera cuenta.

Lo dejé sobre la encimera, cerrando los ojos un instante como si ese simple objeto pudiera ensuciarme más de lo que ya estaba. Después abrí con cuidado la puerta principal y salí, dejando apenas una rendija para que no se oyera el golpe al cerrarla. Caminé hasta la mitad del patio y me senté en una piedra fría.

Llené el foco con cristal, lo encendí y aspiré con el dólar enrollado. El humo abrasó mis pulmones, pero la sensación era lo único que podía mantenerme en pie.

Sí, Jiraya me golpeaba… y dolía. Pero nada, absolutamente nada, me hería tanto como ver a Naruto destrozado, reducido a un muñeco roto en manos de ese maldito. Eso me carcomía más que los golpes, más que cualquier cable sobre mi espalda.

El sol se levantaba más y más, bañando el patio con una luz cruel. Yo seguía allí, cansado, sin dormir, sin poder siquiera permitirme cerrar los ojos. Tal vez porque, si lo hacía, todo lo que intentaba olvidar me perseguiría en sueños.

Pasaron casi dos horas. El frío de la madrugada se disipó y entonces escuché una voz que me heló el alma.

—¿Dei?

Me giré, sobresaltado.

—¡¿Ino?! ¡¿Qué haces aquí?!

Me levanté de golpe y corrí hacia ella. Le tomé la mano con fuerza y la arrastré de vuelta hacia la alcoba.

—Sabes que no debes salir de aquí.

—Perdón… No quería despertarlo —dijo, señalando con su manita a Naruto.

Respiré hondo, intentando calmar el temblor en mi interior.

—No vuelvas a hacer eso. ¿Qué habría pasado si yo no estaba?

Ella sonrió con inocencia y señaló los zapatos que aún estaban bajo la cama.

—Sabía que estabas aquí. No te irías en chanclas.

No pude evitar sonreír.

—Tan inteligente mi florecita… ¿Qué querías?

—Tengo hambre.

—Bien. Iré a preparar el desayuno. Quédate con Naru, ¿sí?

—Está muy lastimado…

La interrumpí, besando su frente.

—No pienses en eso, pequeña. Vuelvo en un minuto.

Salí hacia la cocina. Abrí el refrigerador. No había gran cosa, apenas huevos y un poco de jamón. Encendí el fuego, puse aceite en el sartén y esperé. Entonces sentí unas manos en mi cadera.

—¿Qué vamos a desayunar? —la voz de Jiraya era un cuchillo entrando despacio.

Tragué saliva.

—Lo único que hay… huevos con jamón.

Intocable (Terminada)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora