Escuché su voz quebrandose y cerré mis ojos con fuerza, de a poco corrí mi mano sin verle. No podía hacerlo, su mirada me vuelve débil, me transforma en una persona que está dispuesta a recibir cariño.
Cariño que aún no sé cómo manejar... cariño que me faltó a lo largo de mi vida y por eso normalicé tantas cosas que me dañaron.
En silencio di un paso hacia delante. Silencio que era amortiguado por el gotero de la morfina que caía en una bolsa de plástico que colgaba de la gran cama donde Tom estaba recostado.
—Pecas...—susurró, débil. Así se veía él, y así se escuchaba también. Casi en un tono de súplica que me obliga a rodar los ojos. Estaba molesta, triste y decepcionada. Todo lo normal que un hombre al que llegué a querer me hizo sentir—, quédate conmigo...
Entreabrí mis labios para responder, pero la puerta chilló en alerta de que alguien estaba abriéndola de a poco.
—¿Ya se ha levantado? —una enfermera apareció con una bandeja de comida—, asumo que usted es la señorita Ricci—encendió una luz amarilla, suave. Nuevamente me zafé del agarre que Tom proporcionaba en mi muñeca.
—¿Tú como sabes? —pregunté seria, de mala gana y parecí muy mal educada... pero me importa poco.
—Tom—me ignoró, pasando de mí y casi golpeándome con su hombro—, cariño...—de reojo noté como tomaba su mano—. Es hora de tu baño...
—No es un anciano, puede lavarse el culo sin ayuda—me volteé, colocando mis manos en mi cinturón.
—¿Acaso ya se lo has lavado tú? —preguntó prepotente mientras cambiaba el suero.