Capítulo XXXV

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Mientras el grupo se adentraba en el camino hacia El-Kab, un silencioso temor se cernía sobre ellos. Las arenas del desierto susurraban antiguos secretos y advertencias, mientras el sol abrasador castigaba sus cuerpos fatigados. El viento, cargado de misterio, parecía llevar consigo el eco de las criaturas que acechaban en la vastedad desértica.

En el horizonte, las sombras se alargaban y tomaban formas ominosas, jugando con la mente de los viajeros. Entre los retorcidos matorrales y las rocas desgastadas por el tiempo, se ocultaban criaturas al acecho, listas para aprovechar cualquier debilidad.

La sacerdotisa de Sobek, con su aguda percepción, advertía los peligros que acechaban en la oscuridad del desierto. Sus sentidos estaban en alerta máxima, vigilando cada movimiento y cada susurro del entorno hostil que los rodeaba.

En medio del camino, se toparon con un oasis aparentemente tranquilo y acogedor. Sin embargo, la sacerdotisa advirtió de inmediato la presencia de criaturas acechantes en las aguas cristalinas. Cocodrilos hambrientos, atraídos por el aroma de la carne fresca, esperaban pacientemente su oportunidad para atacar.

Con cautela y determinación, el grupo sorteó el oasis, evitando convertirse en presa de las bestias que acechaban bajo la superficie serena. El calor del desierto y el peso de la incertidumbre se cernían sobre ellos, pero su determinación seguía firme mientras se acercaban cada vez más a su destino.

La noche les recibió con su manto de estrellas, pero también con sus sombras y sus peligros ocultos. Los aullidos lejanos de los coyotes resonaban en la oscuridad, mientras los viajeros se preparaban para enfrentar lo desconocido en la negrura de la noche.

A medida que avanzaban, la sacerdotisa compartía conocimientos sobre las artes de la supervivencia en el desierto, guiando al grupo con sabiduría a través de los desafíos que se presentaban en su camino. Con cada paso, se fortalecían no solo en cuerpo, sino también en espíritu, preparándose para lo que les esperaba en la Cantera de El-Kab y el Gran Templo de Thot.

***

El grupo se aproximaba al Oasis, una sensación de calma y alivio les invadió. El resplandor del sol poniente pintaba el cielo con tonos dorados y rosados, creando un paisaje de ensueño que contrastaba con la aridez del desierto circundante. El aire estaba impregnado con el aroma fresco de las palmeras y la dulce fragancia de las flores silvestres que bordeaban las orillas del oasis.

Sin embargo, la tranquilidad se vio interrumpida por un movimiento repentino entre las sombras de las palmeras. Una figura se alzó de entre los árboles, emergiendo como un espectro del pasado. Vestido con harapos y con la mirada llena de determinación, el individuo se adelantó hacia el grupo con paso decidido.

Horus, Ishia y la sacerdotisa de Sobek observaron con cautela al recién llegado, reconociendo en su semblante la marca del destino. Era un hombre curtido por la adversidad, con cicatrices que contaban historias de batallas perdidas y redenciones buscadas.

El hombre se detuvo frente al grupo, su mirada firme y su postura desafiante. A pesar de su apariencia desaliñada, emanaba una energía palpable, una determinación que resonaba en el aire como un eco lejano de tiempos pasados.

"Horus Jepri", dijo el hombre con voz grave pero llena de emoción contenida. "He escuchado hablar de tu búsqueda y he visto el rumbo que has tomado. Permíteme unirme a ti en este viaje hacia la grandeza, en busca de redención y un nuevo propósito."

Mientras el hombre se acercaba al grupo, una sombra se cernió sobre ellos. De entre las palmeras emergió un grupo de bandidos, rostros oscurecidos por la suciedad y la violencia. Portaban armas rudimentarias y sus ojos brillaban con una ferocidad despiadada. Eran miembros de "Los Terra", conocidos por su brutalidad y su desprecio por la vida humana.

La tensión en el aire era palpable mientras los bandidos rodeaban al grupo, burlándose y amenazando con violencia. Horus Jepri mantuvo su postura firme, su mirada fija en el líder de los Terra, sin ceder ante su intimidación.

El hombre recién llegado, con una valentía inquebrantable, se interpuso entre Horus y los bandidos, desafiando su autoridad con un gesto desafiante. Sus palabras resonaron con fuerza en el oasis, desafiando la brutalidad de los Terra y llamando a la redención.

El líder de los Terra gruñó de ira, su mirada cargada de odio y desprecio. Pero el hombre no retrocedió, manteniendo su posición con determinación. Era un momento de confrontación, una prueba de valor y coraje en medio del desierto implacable.

Sin embargo, los Terra no estaban dispuestos a escuchar. Con un rugido de furia, se abalanzaron sobre el grupo, desatando una batalla caótica en el oasis. Horus y sus compañeros se vieron rodeados por una marea de enemigos, cada uno luchando por su vida en medio del frenesí de la batalla.

El hombre, con una habilidad sorprendente, se defendía con destreza, golpeando a sus adversarios con rapidez y precisión. A su lado, Horus luchaba con ferocidad, su espada cortando el aire mientras se abría paso entre los Terra. El resto del grupo se unió a la refriega, cada uno enfrentando a múltiples enemigos con coraje y determinación.

La batalla era feroz e intensa, el sonido de los gritos y el choque de las armas llenaba el aire. Pero a pesar del número abrumador de los Terra, el grupo se mantenía firme, resistiendo cada embate con valentía y determinación.

Finalmente, después de una ardua lucha, los Terra fueron derrotados, dispersándose en todas direcciones ante la determinación del grupo. Horus miró al extraño hombre con respeto, reconociendo su valentía y su fuerza en la batalla. 

Horus observó al hombre que había luchado a su lado contra los Terra, impresionado por su valentía y habilidad en combate. Se acercó a él con una expresión de respeto en su rostro y extendió la mano en señal de camaradería.

"Horus Jepri", dijo con voz firme, "gracias por tu ayuda en la batalla. Has demostrado tu valía y tu coraje, y te estaré eternamente agradecido."

El hombre asintió con humildad, devolviendo el apretón de manos con fuerza. "El honor es mío, Horus. Mi nombre es Sharm. He visto en ti y en tu causa una oportunidad para cambiar mi destino y encontrar un propósito más noble en la vida."

Horus asintió, impresionado por la determinación de Sharm. "Bienvenido a nuestro grupo, Sharm. Juntos, enfrentaremos los desafíos que nos esperan y buscaremos la verdad que tanto anhelamos."

Sharm sonrió, sintiendo un nuevo sentido de propósito en su corazón. "Gracias, Horus. Haré todo lo que esté en mi poder para demostrar que soy digno de tu confianza y de esta oportunidad de redención."

Con un apretón de manos firme, sellaron su pacto de camaradería y continuidad, preparándose para enfrentar los desafíos que les deparaba el futuro en su búsqueda de la verdad y la justicia en las tierras de Egipto.

Sharm asintió con humildad, su expresión reflejando una mezcla de gratitud y determinación. "He cometido muchos errores en mi vida, Horus", admitió con franqueza. "Pero ahora veo que hay una oportunidad para redimirme, para encontrar un propósito más noble que el saqueo y la violencia".

Horus le ofreció una sonrisa comprensiva. "Todos merecen una segunda oportunidad", dijo con calma. "Y si estás dispuesto a luchar por un nuevo camino, estaré aquí para ayudarte en tu viaje".

Sharm asintió con determinación, su mirada reflejando una determinación renovada. "Entonces lucharemos juntos, Horus", declaró con firmeza. "Encontraremos nuestro camino hacia la redención y la justicia, sin importar los desafíos que se interpongan en nuestro camino".

Horus extendió la mano en un gesto de camaradería, sellando su pacto con Sharm. "Juntos somos más fuertes", afirmó con convicción. "Y juntos superaremos cualquier obstáculo que se interponga en nuestro camino hacia la grandeza".

Horus Jepri ChroniclesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora