Capítulo XXI: Bajo la noche del recuerdo

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La tercera jornada desde Wildamar se acercaba a su fin cuando Edrel y Lidaria abandonaron el último tramo de camino empedrado y volvieron a internarse entre los bosques que antecedían a las planicies de Yoldurnar. El sol descendía detrás de las copas y teñía el cielo de cobre y púrpura, mientras los cascos de los caballos golpeaban una senda húmeda que generaciones de mercaderes, legionarios y viajeros habían utilizado para alcanzar el Yelmo de Oldir.

Habían cabalgado con mayor rapidez que durante su primer paso por aquella región, pues esta vez ninguna caravana ni columna militar reducía su marcha. Sólo Winterhowl corría junto al caballo de Lidaria, desapareciendo ocasionalmente entre los helechos para regresar pocos minutos después, con el hocico húmedo y las orejas levantadas ante cualquier sonido extraño procedente del bosque.

Las antiguas piedras que señalaban las distancias aparecían a intervalos irregulares junto al camino. Algunas conservaban todavía números grabados bajo gruesas capas de musgo, mientras otras estaban partidas o inclinadas después de décadas soportando lluvias, raíces y el paso de las criaturas que poblaban Qerldan y las regiones colindantes.

Edrel señaló una de aquellas piedras mientras reducían ligeramente el paso.

—Según esto, el Yelmo está bastante más cerca de lo que parece.

Lidaria miró la inscripción desgastada.

—Si esa piedra sigue marcando correctamente la distancia.

—¿Insinuáis que una roca puede mentir?

—¡Insinúo que hace probablemente cien años que nadie la coloca derecha!

Edrel observó el monolito, inclinado casi por completo sobre una raíz.

—Buen argumento.

Lidaria sonrió y volvió la atención hacia el camino. Aunque intentaba mostrarse tranquila, desde que abandonaron Wildamar había percibido algo extraño en el comportamiento del bosque; no era una presencia maligna ni un peligro inmediato, sino una inquietud tenue que se manifestaba en detalles que probablemente habrían pasado inadvertidos para cualquier viajero sin formación druídica.

Las aves levantaban el vuelo antes de que ellos se aproximaran demasiado. Algunos pequeños animales habían abandonado madrigueras cercanas al sendero y, en varias ocasiones, Winterhowl se había detenido a observar hacia el sur con el pelaje del lomo ligeramente erizado, pese a que no había olor ni ruido que justificara aquella reacción.

Edrel terminó por advertirlo.

Edrel terminó por advertirlo.

—Llevas casi una hora mirando los árboles como si esperases que alguno comenzara a hablarte.

—Algunos lo harían si supieras escuchar.

—Por eso viajo con una druida. Yo prefiero que los árboles mantengan sus opiniones para ellos.

Ella soltó una pequeña risa.

—El bosque está inquieto.

El semielfo dejó de bromear.

—¿Por nosotros?

—No lo creo —Lidaria acarició brevemente el cuello de su caballo antes de continuar —. No siento corrupción ni una criatura siguiéndonos. Es más parecido a cuando los animales perciben una tormenta mucho antes que nosotros.

Edrel miró hacia el sur, aunque los árboles impedían observar más allá de unos pocos cientos de pasos.

—¿Ghalmora?

—No podría sentir algo a semejante distancia y no voy a fingir lo contrario. Pero después de lo que nos contó Sir Rolmar, prefiero no ignorar que incluso aquí la naturaleza parece esperar algo.

Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los PlanosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora