Los dedos ocultos bajo la manga de Paldon terminaron de cerrar el último ángulo del signo prohibido mientras Merdilak intentaba arrancar otro recuerdo de las profundidades de una mente que ya no podía distinguir por completo entre lo vivido y lo implantado. Lance observó aquel movimiento durante apenas un instante más, suficiente para reconocer que no pertenecía a ninguna plegaria de Oldir que hubiese aprendido durante años de servicio, y entonces su mano abandonó la empuñadura de la espada.
—¡Sargenta Alindra! ¡Apresad al obispo Paldon!
Rayo Blanco reaccionó antes de que la sorpresa pudiera propagarse por la Sala del Juramento. Cruzó la distancia que la separaba del séquito de Feliana con una rapidez impropia de alguien cubierta por armadura pesada, atrapó la muñeca de Paldon cuando éste intentaba completar un nuevo gesto y la dobló hacia atrás hasta obligarlo a perder el equilibrio.
El obispo trató de levantar la otra mano mientras pronunciaba las primeras sílabas de un conjuro, pero Alindra reconoció inmediatamente la intención. Le golpeó el antebrazo contra el borde de la plataforma, interrumpió el movimiento y, en el mismo giro, lo derribó boca abajo sobre las losas consagradas antes de inmovilizarle ambas extremidades detrás de la espalda.
—¡Apartaos de mí! —rugió Paldon mientras forcejeaba—. ¡No sabéis lo que estáis haciendo!
Alindra aumentó la presión sobre su brazo.
—Sé exactamente lo que estoy haciendo.
Paldon intentó pronunciar otra fórmula por encima del hombro, y aquella vez la clériga no esperó a averiguar qué pretendía conjurar. Le asestó un golpe en la mandíbula que le cerró la boca y dejó una línea de sangre sobre las baldosas blancas, después volvió a fijarlo contra el suelo utilizando la rodilla para impedir que pudiera girarse.
Feliana se levantó de su asiento.
Durante un instante nadie supo qué haría la arzobispa. Paldon había sido su colaborador más cercano durante años, el hombre que llevaba documentos en su nombre, participaba en consejos y podía entrar en dependencias donde incluso oficiales de alto rango necesitaban autorización.
La mujer no dirigió su enojo contra Alindra.
—No volváis a intentar conjurar, Paldon —dijo con una frialdad que silenció varios murmullos—. Habéis visto combatir a Rayo Blanco suficientes veces como para saber que no conseguiréis levantaros mientras ella decida manteneros contra el suelo.
Paldon alzó la mirada hacia ella con incredulidad.
—Su Eminencia...
—Guardad silencio.
Aquellas dos palabras parecieron herirlo más que el golpe de Alindra.
Lance bajó de la plataforma y avanzó hacia él, aunque se detuvo antes de entrar en el espacio que la clériga necesitaba para mantenerlo sometido. Saya también se acercó unos pasos y extendió discretamente sus sentidos hacia la corriente mágica que había percibido durante todo el juicio.
Ahora podía distinguirla.
No había desaparecido cuando Paldon fue derribado; permanecía adherida a la mente de Merdilak como una telaraña casi invisible, formada por capas de sugestión, recuerdos desplazados y fragmentos emocionales unidos artificialmente. Aquello no parecía un conjuro improvisado aquella misma mañana, sino el resultado de un trabajo prolongado y meticuloso.
—No estaba creando el recuerdo ahora —murmuró Saya.
Lance volvió hacia ella.
—¿Qué habéis encontrado?
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Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los Planos
FantasyDurante eones, las fuerzas del bien y del mal han luchado por el control de Avador, la gran rueda universal que conecta los innumerables planos de la creación, desde las cumbres celestiales hasta los abismos más oscuros. En el origen del universo, l...
