Capítulo 29

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Candy le daba de comer pequeños trocitos de pan untado con miel a Michael mientras está sentada en el desayunador de la cocina y Martha trocea más pan para untarlo con más miel y repartirlo entre los cinco chicos que han quedado en casa. Candy se pierde en los ojos marrones del pequeño recordando los ojos de su Ollie, sonríe al ver como el niño pasa su lengua por los labios húmedos de leche y miel, tal como lo haría cualquiera de sus hijos, pero especialmente Oliver a quien siempre le gustó el sabor de la miel. No podía dejar de pensar en él, después de entrar en la aviación militar apenas lo había visto una vez y por algunas horas, como era natural él prefirió pasar más tiempo al lado de su esposa, estaba feliz por él, sin embargo, su hijo estaba algo transformado, lucía más delgado y eso lo hacía ver más alto, el rostro tostado por el sol del verano y el entrenamiento, aun así, para ella seguía siendo su Ollie, el pequeño asustadizo y vulnerable que fue a recoger al hogar de Pony.

Los ruiditos de Michael la hicieron sonreír una vez más, volvieron a invadirla los recuerdos, pensaba en Ollie, pero también en William a esa edad, pudo verlo sentado en una sillita en el comedor del hogar también dándole de comer. En Pony se refugiaba con él, en los primeros años de la infancia separados de Terry. Iba a su hogar para escapar de la hostilidad de Neal, y para tener un respiro, para recibir el amor de sus madres y encontrar consuelo cuando se veía más y más alejada de Terry y la desesperanza invadía su alma. Muchas veces pensó que no volverían a estar juntos, en esas ocasiones de absoluto pesimismo no podía vislumbrar un futuro en donde los tres estarían reunidos, se veía sola, atada a un matrimonio hostil y criando a un hijo bastardo tratando de protegerlo lo mejor posible de las consecuencias de sus actos y la frialdad de un padre impuesto a la fuerza que sólo sentía por él menos que desprecio. Candy se torturaba día y noche en agónica desesperación al saber a Terry más y más lejos de ellos, tratando de mostrarse siempre alegre y animada sólo por William. Muchas veces tuvo ganas de sucumbir, de rebelarse ante las amenazas de Neal y quedarse en el hogar con su pequeño. Pero el miedo la paralizaba, saber que él podía quitarle a William, alejarlo de ella, apartarlo para siempre aun cuando Albert estaba como un halcón vigilando cada paso, cada comportamiento de él para correr a protegerlos. Pero el destino estaba escrito, no se puede escapar del destino a pesar de que ponga trampas en el camino. La vida de ella estaba atada a un sólo hombre, y ese hombre era Terry, así como la vida de él estaba sólo atada a una mujer, y esa mujer era ella, y años después ella estaría de nuevo en el hogar de Pony, cargando a Evelyn en sus brazos, embarazada de Albert adoptando a Oliver junto al único hombre de su vida, a su esposo, junto a Terry. En los años de oscuridad, en donde el único haz de luz era William ella no pudo ni imaginarse todo lo que construirían juntos, la familia que tendrían.

Habían crecido tan rápido ambos, ahora eran sus dos hombres hermosos, los responsables de sus preocupaciones maternales más profundas al tenerlos a ambos apartados del hogar, estaban permanentemente en sus pensamientos y oraciones. Todos habían crecido en un abrir y cerrar de ojos, y a veces se preguntaba si todas las madres compartían sus sentimientos al ver a sus hijos crecer y partir, alejarse para hacer sus caminos. Tenemos varios pájaros en el nido todavía, le decía Terry cuando la notaba nostálgica por William y por Oliver, cuando él mismo también cargaba con sus propias nostalgias por los dos chicos a los que adoraba. Venía a su mente el momento en que puso a Evelyn en sus brazos siendo una recién nacida, él estaba aterrado, no estaba seguro de ser un buen padre para William, le había confesado sentirse incapaz de serlo, pero ella había apartado todos sus miedos conduciéndolo con dulzura y con naturalidad fue aflorando en él el sentido de la paternidad convirtiéndolo en un padre amoroso, tierno y firme en su justa medida.

—Es una delicia ¿verdad? —le dijo mientras hunde un trozo de pan en el tazón de leche tibia del que le da de beber a Michael. —Está tan hermoso Martha —agregó mientras le limpiaba el rostro y el pequeño continuaba sonriéndole. —¿Recuerdas cuando trajimos a Oliver a casa? tenía tres años.

Dear Terry: Nosotros en la tempestadHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora