Capítulo 35

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Stratford-Upon Avon

23 de diciembre de 1941.

Mientras la voz de Vera Lynn llenaba la primera planta de la casa con una mezcla de melancolía y esperanza, la mesa de roble continuaba cubierta de ingredientes, cintas y papel de envolver reutilizado. Con esmero, y acompañadas de una taza de té caliente, Candy y Martha continuaban con la tarea de preparar los regalos. El horno, desde la cocina irradiaba un olor constante de especias, dentro burbujeaba un pudín de Navidad, y envueltas en muselina las galletas de jengibre también expedían un delicioso olor.

Los pasillos de la casa ya habían sido adornados con guirnaldas hechas a mano, en la estancia, el árbol de navidad, lucía alto y orgulloso los ornamentos que esa misma mañana le habían sido puestos por los niños. Las mujeres seguían la transmisión de la emisión navideña de Sincerely Yours en la BBC. En varias ocasiones Candy había tenido que limpiar su rostro conmovida por las cartas enviadas por familiares a soldados. No podía evitarlo, para cualquier persona sensible las emociones podían desbordarse cuando se volcaban las líneas emotivas de madres, esposas y hermanos en esas hermosas cartas, con canciones como We'll Meet Again. Volvió a mirar el reloj, Terry debía estar por llegar. Mike había ido por él una hora antes a la estación de tren.

—Me falta papel para los libros. ¿Crees que le agraden? —Candy alzó dos libros nuevos que serían su regalo para él. —Bueno, no son ediciones lujosas como le gustan, pero creo que serán una agradable lectura. En Foyles me dijeron que era uno de los mejores libros del año. —decía mientras comenzaba a envolver el último éxito literario de Franz Werfel. —Este es de poesía, un escritor del círculo de Oxford, también me lo recomendaron mucho. Candy bajó los libros hasta su regazo y miró a su alrededor, — necesitamos estantes nuevos, hay demasiados libros apilados en el estudio.

—Tengo que devolverle su libro señora. Me gustó mucho.

—Ay me encanta Agatha Christie, claro que esa no es una lectura que le guste a su señoría, así como ahora le dices al señor.

Martha agachó la mirada, y sonrió apenada. Aunque llevaba más de una década con los Granchester, había comenzado en el servicio muy joven, en la casa señorial de un conde en el norte del país. Las costumbres heredadas de la tradición cortesana y los tratamientos honoríficos estaban muy arraigadas en ella.

—Voy a poner más agua, creo que deben estar por llegar. Necesitaran una taza de té caliente cuando lleguen a casa.

—Buena idea Martha gracias, creo que iré contigo para calentar algo de sopa.

—No señora, continúe aquí, yo calentare la sopa para su señoría.

Afuera, los campos dormidos bajo una capa de escarcha distaban mucho del cálido y afectuoso ambiente del interior, Stratford-upon-Avon lucía de un color gris perlado, y Terry no pudo sentir más que alivio de estar de regreso. El motor del Bentley ronroneaba suavemente mientras avanzaban por el camino bordeado de robles desnudos.

—¿Y bien, Mike? —preguntó con voz serena—. ¿Cómo han estado todos estos días?

Mike, mantuvo la vista en el camino, pero su tono fue cálido, casi paternal.

—Ya colgaron las guirnaldas en el salón y colocaron el árbol de Navidad. Ya sabes tu casa luce más navideña que la casa de Papa Noel en el polo norte.

Terry esbozó una sonrisa apenas perceptible. Era exactamente así que les gustaban las cosas a sus hijos, quienes habían heredado de su madre el entusiasmo por la navidad.

Dear Terry: Nosotros en la tempestadHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora