Capítulo 36

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03 de enero de 1942.

El invierno era crudo y se sentía esa mañana hasta los huesos. Un suave jazz salía de la radio de la cocina, no tan alta para no romper el silencio. El cielo gris apenas dejaba filtrar la luz, las calles estaban desoladas todavía a esa hora. Era un silencio extraño, y entre el aroma del café racionado y el crujido de la leña en la chimenea la vida intentaba seguir su curso, aunque se supiera que nada volvería a ser igual.

Habían pasado tres semanas desde el ataque a Pearl Harbor, Estados Unidos ya estaba oficialmente en guerra con Japón, Alemania e Italia, y los periódicos no dejaban de hablar de ello.

El reloj marcaba las siete y media y Candy encendió la estufa. Ya a esa hora lucía su uniforme de enfermera y mientras bebía los primeros sorbos de su café comenzaba a preparar la última ración de cocoa en una leche que estaba a punto de ebullición. Su rostro se iluminó cuando comenzó a sonar Blues in the nigth (Woody Herman) en la radio, le daban ganas de bailar, y comenzó a mover su cuerpo de un lado a otro, tenía que ser optimista en una mañana como esta; la noche anterior habían vivido un largo apagón, y sólo gracias a la bondad de un noble granjero también batía unos cuantos huevos. También aprovecharía las últimas raciones de tocino, apenas unas cuantas rodajas, lo suficiente para sus hijos. Se sentó con su taza de café aguado a revisar la tarjeta de racionamiento:

100 g de tocino o jamón.

50 g de mantequilla.

225 g de azúcar.

50 g de té.

1 huevo

Un huevo pensó... qué haría ella con un huevo para cada niño por semana. Si sólo en el desayuno diario comían hasta dos. 

No había mucho que hacer. En una semana estarían todos en Southampton despidiéndolos. En la radio terminaba la música y comenzaba a emitirse el primer boletín informativo de la mañana. En la práctica era el boletín de la guerra. No le prestó mucha atención, dejó los cupones a un lado y volvió a la estufa, esta vez para vigilar el pan que se cocía en el horno. El chocolate estaba listo, desprendía un delicioso olor a cacao y canela. Y justo cuando terminaba de despedirse el locutor de la BBC y la hermosa voz de Vera Lynn se apoderaba del aire, Albert apareció, algo adormilado, envuelto en un bata a cuadros y en pantuflas.

—¿Mi cielo qué haces levantado a esta hora? Es sábado.

—No podía dormir.

Candy se acercó a él y le dio un beso en la mejilla, no esperó mucho más para servirle una taza de chocolate y él sonrió mientras se sentaba en el desayunador.

—¿Trabajas hoy mamá?

—Sí, debo ir a ver a la mamá que dio a luz ayer y a su bebé.

Candy lo vio unos segundos antes de moverse hasta uno de los gabinetes para sacar el instrumento que usaba para darle inhalaciones a Duncan cuando tenía uno de sus ataques de asma. Ocupó sus dos manos con él y se acercó a la mesa, se sentó frente a Albert.

—Quería tener esta conversación antes, pero no he tenido ninguna oportunidad.

El chico la miró con sus ojos verdes bien abiertos, soplando sobre la taza para hacerse más fácil la tarea de beber el chocolate. Ella continuó hablando.

—Empacare el inhalador de tu hermano en un pequeño bolso que no deberás perder de vista, lo llevaras junto a los pasaportes de todos y algo de dinero que te entregara tu padre. Albert —Candy le acarició el brazo, —si alguna emergencia se presenta con Duncan deberás saber usar el inhalador, y si eventualmente él no llegara a mejorar con las aspiraciones deberás acudir al médico del barco, y entregarle la dosis de epinefrina que también llevaras contigo. Es muy importante que sepas como actuar si esto ocurre.

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⏰ Última actualización: Jul 13 ⏰

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Dear Terry: Nosotros en la tempestadHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora