Capítulo 33

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Sur de Francia, diciembre de 1941.

La humedad impregnaba las paredes de piedra. Despertó sin saber qué hora era, ni que día era aquel exactamente, un goteo constante rompía el silencio. Trató de incorporarse, pero un dolor le atenazó el abdomen. Un instante de pánico le recorrió el cuerpo, pero lo sofocó de inmediato, el miedo era un lujo que no podía permitirse.

La celda era estrecha, con una ventana diminuta cubierta por barrotes. Apenas entraba luz, un rayo de luz hialina que se proyectaba hasta el suelo, la vio mientras se volvía un ovillo y sólo se podía concentrar en este pequeño reflejo de vida.

Afuera, desde cualquier parte del recinto se dejaba escuchar el sonido de quejidos y lamentaciones, a lo lejos, sin saber cuán lejos, algunos sonidos que parecían de botas marchando por los pasillos.

Henry abrió los ojos con dificultad. Su cabeza latía con el ritmo de una herida mal cerrada, y su boca sabía a hierro y polvo. La última imagen que recordaba era la de la redada en el taller de impresión clandestino a donde había llegado con Vera para entregar la radio que dos noches antes había sido lanzada por una aeronave inglesa en medio del bosque.

¡Vera! Henry recordó a Vera ¿había ella logrado escapar? O estaba en una celda junto a él. Con las pocas fuerzas que tenía se dejó caer desde el precario jergón, y con esas mismas fuerzas se arrastró hasta la puerta de hierro de la celda, el espacio entre ésta y el suelo era mínimo, pero suficiente para respirar un hilo de aire más fresco, menos cargado que el penetrante olor a sangre seca que inundaba la celda.

—Vera —dijo una y otra vez, pero su voz apenas se expandía como un mudo susurro.

Henry cerró los ojos un momento, respiró hondo y empezó a escuchar. No sólo con los oídos, sino con la mente ¿estaba en una cárcel del ejército alemán o en manos de la Geheime Feldpolizei (GFP)*?

¡Moreau! ¡Moreau! Los gritos de un hombre en francés rasgo en sus oídos dos minutos después. Pensó entonces que estaba en manos de la policía francesa, lo que no significaba que estuviese completamente a salvo, pero al menos no era un calabozo alemán.

¡Etienne! Fue el segundo nombre que vino a su mente ¿a dónde estaban Vera y Etienne? -Etienne era su contacto en la incipiente resistencia- Tosió y sintió que con ello se le desgarraba el esternón, le dolían todos los huesos del cuerpo, la golpiza había comenzado con un fuerte golpe en la nuca... pero Henry también sintió el frío de una Luger apuntando en su sien. El recuerdo era vívido, después de la golpiza había sido entregado a los alemanes. Sí, estaba en una prisión nazi ahora era todo más claro, los miembros de la GFP los entregaron después de la redada.

A medida que la mente de Henry se aclaraba también se iban colocando en orden los acontecimientos de su detención, las horas anteriores y lo poco que podía rescatar de las horas posteriores.

La imagen de Vera cruzó por su mente. ¿A dónde podría estar? ¿Posiblemente detenida como él? era en lo único que podía pensar. Se arrastró de nuevo y logró sentarse en el piso húmedo y frío.

Tenía que recordar claramente, poner su mente en orden. ¿Si estaba en una prisión francesa por qué recordaba la Luger en su sien? ¿Quiénes en realidad los había detenido? Las preguntas iban y venían, estaba demasiado abrumado, demasiado cansado, demasiado lastimado para tener claridad mental. Estaba agotado, todo el cuerpo le dolía producto de una feroz paliza. Las manos le temblaban, los dedos estaban amoratados, parecía que habían sido especialmente golpeados, o ¿había luchado también? Se volvió a quedar dormido, hecho un ovillo, sin importarle el frío, no tenía fuerzas para volver al jergón y allí, en el suelo, sucio y húmedo volvió a quedarse dormido.

Dear Terry: Nosotros en la tempestadHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora