Capítulo 34

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Terry no recordaba la última vez que había estado en ese comedor sentado, tomando el desayuno. Hace un ejercicio de memoria, y cree que en verdad nunca lo hizo allí con su padre. Ha hecho este ejercicio desde la madrugada, tratar de unir cada lugar de esa inmensa casa con él. Rescatar algún recuerdo, grato o al menos, tirar de cualquier hilo que lo lleve a alguna memoria donde pueda recrear, aunque sólo por un instante una relación padre-hijo. Pero siente que cada uno de esos rincones lo observan con expresión marmórea, eternamente juzgándolo.

Están sus propios hijos acompañándolo, a su lado Candy. Su intento por reconstruir una relación con su padre, ahora fallecido a través de los espacios de la casa lo han vuelto taciturno, y ella lo nota, percibe su melancolía latente, y sólo se limita a obsequiarle gestos afectuosos silentes. Sabe muy bien que debajo de su pose de entereza aún hay un niño que sufre en medio de un duelo confuso.

Sólo los Granchester-Ardlay han decidido bajar a desayunar en el comedor esa mañana. El aroma del té Earl Grey flotaba sobre la mesa, entre el pan tostado y los huevos escalfados. Terry los observa a todos mientras bebe de una taza de té, le parece curioso lo que un espacio puede producir en ellos, y definitivamente cree que enloquecería si se quedaran en esa casa. Puede verse así mismo en las poquísimas ocasiones en las que bajó de su habitación para desayunar con su padre. La duquesa, como una mujer casada lo hacía en la cama, y sus hermanos en la guardería con las niñeras. Siempre había un silencio cerrado, cuando Richard se dirigía a él, en también rarísimas ocasiones lo hacía para preguntar sobre sus avances en las clases de piano, francés o equitación. Había un seco buenos días, y lo siguiente eran órdenes, protocolos y la sensación de que sobraba en su propia casa, apenas tolerado por su padre ausente que hojeaba el periódico sin mirarlo.

Mira especialmente a Evelyn, recordando las palabras de su hermano. Ha postergado la conversación sobre esto con Candy hasta después del funeral. Cree poder esperar hasta que todos estén de regreso a Stratford, que espera suceda sin dilaciones después de la lectura del testamento.

—Eve, ¿cómo dormiste mi amor?

Terry nota que la chica está ensimismada, con los pensamientos en cualquier otra parte menos en ese comedor esa mañana. El rostro de Evelyn tiene algo –que va más allá que la reciente pérdida de su abuelo– que le aprieta el estómago, una melancolía punzante que lo vuelve loco.

La muchacha soltó el cubierto, y bajó las manos hasta su regazo, mirándolo con una sonrisa impostada.

—Bien papá. —Responde lacónica.

El mayordomo los interrumpe y da gracias por ello.

—Mi lord, tiene una llamada de su asistente, el señor Farrel.

Terry se limpió los labios con la servilleta y apretó la mano de Candy.

—Querrá saber a qué hora traer a los niños —se apresuró ella a explicar mientras él se ponía de pie.

—Les diré que los traiga hoy mismo. —Además del hecho de que todos debían asistir al funeral, Terry tenía una gran necesidad de tenerlos junto a él, unas cuantas sonrisas infantiles no le harían daño a esa casa que se sentía como una cárcel.

Candy también notaba que los niños -como ella seguía llamándolos a todos- estaban más callados de lo habitual.

—Mamá... —dijo de pronto Richard, el hijo del medio, con voz tímida—. ¿Papá ahora es el... el duque?

Dear Terry: Nosotros en la tempestadHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora