Capítulo 22 -Advertencia-

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Ver el cuerpo de un paciente siendo quemado en un poste fue lo que hizo vomitar a Veinticinco y a los demás llorar y gritar de la impresión. El cuerpo tenía  poco tiempo que le habían encendido y la persona seguía haciendo muestras de dolor, no gritaba, estaba moviéndose a todos lados con su piel quemada totalmente negra y expulsando sangre de la misma. El cuerpo estaba posicionado en una especie de altar con un aspecto que jamás había visto, parecía mitológico. Diez y Ocho estaba tumbada de rodillas en el piso llorando desconsoladamente y de forma desgarradora de bajo de ese extraño altar que ni siquiera se acercaba a algo religioso,  era  distinto y eso asustaba.  Adentro del lugar estaba ambientado en una especie de templo, retomaba la teoría que era mitológico; los vitrales que se encontraban esparcidos por el lugar tenían figuras humanoides donde cada una mostraba a una mujer y en otro un hombre, formando un total de cinco personajes: dos hombres y tres mujeres. Llorando seguía observando alrededor, no quería verlo, mi alma era muy sensible para esa clase de eventos que seguro terminaría en un posible desmayo.

—¿Qué ven? ¿Porqué lloran?—preguntó noventa con un nudo en la garganta— me estoy asustando mucho. 

Me dirijo hacia ella para abrazarle.

—¿De verdad quieres saberlo?—susurré en su oído delicadamente con voz temblorosa—no quiero que te sientas angustiada.

—Trata de resumirlo en dos palabras y no vuelvo a preguntar nada, así no me asusto.

Trato de pensar en una opción que sea objetiva y que tampoco sea agresiva para ella. 

—Hombre quemado.

No volvió a hablar dentro de un rato.

Me separé de ella y seguí observando con detalle, no entendía porqué nos pondrían esta simulación, todo esto era artificial, era manejado por tecnología que ni siquiera había sido vista en el mundo. ¿Cuál era la necesidad de ponernos el cuerpo de alguien quemándose? ¿Formaba parte de su simulación? ¿Para qué nos servía esto con el estúpido experimento?

 Miré hacia arriba y un escalofrío recorrió mi espina dorsal. Había un vitral que abarcaba todo el espacio del salón con forma de flor, era un patrón que se repetía y se repetía en la figura. La intención seguía sin quedarme clara y ya comenzaba a dolerme la cabeza de tanto pensar y llorar. 

Sonó un pitido aturdiendo mis oídos, de inmediato todos taparon sus orejas en forma de protección.

—Buenas tardes chicos, les informo que su reloj general se detuvo en cuanto entraron a esta habitación. Este es un aviso y también una concisa advertencia hacia los pacientes de la prueba. Ahorita mismo se encuentran todos en el mismo espacio que están haciendo el examen. No ven a los demás equipos porque cada uno se localiza en una diferente dimensión, pero pueden escuchar mi voz y claramente ver el cuerpo que fue calcinado en su presencia. Este último era importante que presenciaran una de las consecuencias al desobedecer las reglas y sobre todo investigar más allá de lo que no les interesa. Por eso mismo les remarcamos tanto su contrato en diversas ocasiones, les recuerdo que fueron tres los que firmaron. Uno de ellos correspondía a: Términos y condiciones. Ahí viene en el último párrafo, que si no se llevaba acabo el cumplimiento de las mismas, le otorgaban la totalidad del derecho a C.C.E. o Comité Científico Ejecutivo, de castigar como fuera conveniente para el programa, incluso si su vida dependía de ello. Esto no volverá a suceder durante el proceso que estén aquí. Si vuelve a pasar eso, vamos a desaparecer a la persona y nunca la volverán a ver. Por último, algunos ya saben quién fue la persona desafortunada que sirvió de ejemplo hoy pero los que no, les explico. Era un joven de 24 años con el número "Seis" en su registro y provenía del sentido del olfato. La encargada del sentido, Nina Beecher está enterada del asunto. No les cuesta nada obedecer y hacer su trabajo como se debe. ¿O no, Diez y Ocho?—la voz se ríe con indiferencia— Sigan sus actividades. Obviamente podrán hablar de esto entre ustedes, eso no está penado. Sigan terminando el examen. 

Se cortó la comunicación dejando a todos atónitos de lo que acababa de ocurrir.

Una puerta se abrió al fondo de donde estaba el cuerpo indicándonos que continuaba nuestra prueba. Tomamos en silencio los costales y le dirigí la mano a Noventa en mi mochila para que se guiara conmigo. Eché un vistazo rápido a Diez y Ocho que tomaba los costales bastante enojada y sin decir ninguna palabra. Esta vez decidí darle su espacio, aparte que después de esto, nadie quería hablar. Cada uno se dirigió a la siguiente sala que nos habían puesto y el reloj general ya seguía en funcionamiento. Cuando Tres entró a la sala, siendo el último, se cerró la puerta detrás de él. 

El escenario estaba horroroso, suspiré tratando de mantener la calma. Había toboganes de diferentes colores enfrente de nosotros y una caída al precipicio de mínimo unos treinta metros. En medio de ellos estaba el famoso botón rojo. Claramente tomaron la maravillosa idea de los videos del año 2019 sobre los backrooms. En ese tiempo haberme imaginado que en un futuro podrían ser reales, de seguro no lo creería. Ahora sólo quería regresar a mi casa y llorar en mi cama como cuando de niña los veía.

—No creo que nos den instrucciones.—menciona casi inaudible Tres con preocupación.

— Yo tampoco. —contesto y lo miro a los ojos. Estaba con sus ojos verdes llorosos y con lágrimas secas en sus mejillas. De seguro yo estaría igual o peor. 

—Bueno, al menos tenemos conocimientos de los Backrooms. Lo más apropiado sería lanzar cada costal en un tobogán y con la visión de Tres ver qué pasa al final del mismo. Así elegimos el correcto y no arriesgamos a nadie.

Asentí en aprobación de la idea de Veinticinco. 

— Yo recuerdo que en esos videos, decían que el color azul era el buen camino—decía Noventa pensativa—. Pero mejor háganle caso a Veinticinco está mejor su idea. 

Veinticinco se limpiaba la boca incómodo de lo que había pasado anteriormente y dispuso a cargar el costal que traía en dirección del primer tobogán que se hallaba hacia la derecha. Cada tobogán tenía un pilar pequeño a un metro de distancia. Todos estaban sellados.  Diez y Ocho reaccionó y corrió hacia la dirección de Veinticinco. 

—Espera, no hagas nada aún.

Llegó en donde estaba, sacó de su mochila una especie de correa y lo ató al pilar pequeño que estaba en frente y lo hizo ponerse un arnés en su cintura. En cuestión de segundos ya tenía listo el artefacto. 

 —Es por seguridad ¿Verdad?

Asiente Diez y ocho. 

—Ahora sería dejar a alguien encargado de presionar el botón. Yo no puedo ser porque necesito poner atención a ver qué reacción tiene al final del mismo—sugirió Tres— Así que quedan Noventa y Dieciséis.

—Yo me quedo—propuso Noventa— Es mejor quedarme estática porque me genera ansiedad no estar al cien como ustedes. Sólo necesito que me griten y yo lo aprieto. 

Tres se gira a mí dirección.

—Entonces tú me ayudarás a escuchar.

Fue muy rápido la manera en la que nos acomodamos como equipo. Por primera vez se hacía justicia al nombre. Los dos dirigimos a Noventa hacia la pequeña mesa donde estaba el botón que debía presionar. Le explicamos con su mano sutilmente en qué lugar de la mesa estaba. Después fuimos a posicionarnos en un espacio que se veía las terminaciones de los toboganes. Diez y ocho tomó las mochilas y las dejó lo suficientemente alejadas de la posible succión de aire.

Ahora sólo faltaba la señal.

Experimento PentagonalDonde viven las historias. Descúbrelo ahora