Era la chica pelirroja que me había encontrado en el primer evento, en donde nos habían explicado de cómo iba a funcionar el proyecto. Se notaba agitada y como si hubiese llorado por un largo rato, ya que su semblante lo expresaba.
Giró a la dirección que estábamos un poco asustada porque era extraño que a estas horas hubiese pacientes esparcidos en el comedor, pero después simplemente corrió por otro pasillo desapareciendo de nuestra vista.
Veinte notó que yo la ubicaba de algún lado, sin embargo, no mencionó nada y procuramos dejar el tema para otro día. Era suficiente por hoy.
Regresamos nuevamente con los chicos. Habían apartado una mesa en la sala de entretenimiento y sacaron una baraja para jugar. Los juegos de azar siempre iban a predominar en nuestro encierro.
—¿Ya están más tranquilas?
—Sí, estamos mejor.
—Perfecto—Treinta y dos comienza a barajar las cartas, mezclándolas entre sí mientras sonríe—; ánimo chicas a que disfrutar este día de descanso.
Cuarenta se hallaba en otro sillón sosteniendo un palillo en sus dientes mirando un punto fijo.
—Vente a sentar con nosotros, ya vamos a iniciar.—anuncia Veinte observándolo.
Al estar reunidos en la mesa, Treinta y dos reparte las cartas por cantidades iguales a cada uno de los jugadores.
—Este juego se llama el reloj. Consiste en que cada uno de los participantes deberá aventar en el centro una carta por turno, pero llevará una cuenta al momento de lanzarlos. Empezará con As, dos, tres, cuatro... así sucesivamente. Cada uno llevará ese orden pero las cartas en mano, al no saber cuál es su valor, será difícil poder adivinar si esta cae justo con lo que vas nombrando. Si esto sucede, ponen las manos en las cartas tiradas. El jugador que sea el último en ponerla, se llevará las cartas ya lanzadas. Gana el que se quede primero sin cartas.
—¿Cómo sabes tanto sobre los juegos de azar?—le pregunto extrañada. Él siempre sacaba juegos muy interesantes con todas las reglas que conllevan a ellos. Sabe suficiente sobre el tema. Sólo un aficionado podría tener tanto conocimiento.
—Tengo un pasado muy marcado.
Guardamos silencio para comenzar la primera ronda con seriedad.
Cada uno de los que formaban parte de este juego, sacaban su personalidad al límite. Su carácter y ambición por ganar eran vitales. Treinta y dos, en las últimas semanas nos había sorprendido por su atracción a estos juegos, debido a que al principio no le tomaba importancia o dejaba que le ganasen. Aunque su habilidad ante lo azar parecía de nacimiento. Actuaba ágilmente, digno de admirar. También por el conocimiento que tenía acerca del ámbito. Nunca terminaremos de conocer a las personas. Después sigue Veinte. Una chica carismática y con un buen sentido del humor. No obstante, cuando se centraba en las rondas era poseída por la ambición. No se va de ahí hasta no ganar por lo menos una partida, le gusta sentir la hormona epinefrina, que es la que ocasiona la adrenalina. Por otra parte, está Cuarenta. Un chico común que le gusta disfrutar las partidas, tiene la habilidad de desconcentrar a los demás oponentes para obtener el control y ganar. Al final estoy yo, Dieciséis. He descubierto que el perder no me afecta ni me desconcentra, pero me gusta estar presente en ellos porque me voy dando cuenta de las estrategias de los jugadores, aprendo de ellos. El cómo se comportan aquí, por lo mismo que en las pruebas sacan su mismo potencial, la misma garra. La diferencia es que en los experimentos es cuando ya cuenta de verdad.
La primera carta fue arrojada por Veinte, se veía sedienta de una victoria. Tal vez por lo que hemos vivido estas últimas horas, ella buscaba centrarse en el juego.
—As...-- anuncia para todos los de la mesa.
—Uno.
—dos.
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Experimento Pentagonal
Science Fiction¿Qué pasaría si las personas agudizaran sus cinco sentidos hasta su límite? Un experimento que podrá confirmar que todos los seres humanos somos capaces de desarrollar nuestros sentidos al cien de su porcentaje respecto a sus habilidades cognitivas...
