Capítulo 2

111 33 0
                                    


🌷

Cuando el avión finalmente tocó tierra, fui conducida fuera de la aeronave por manos desconocidas. La atmósfera había cambiado; el aire era diferente, y mis pies notaron la diferencia en la textura del suelo. Caminamos por pasillos laberínticos, y el sonido de puertas pesadas que se cerraban resonaba a mí alrededor. Cada paso me alejaba más del mundo que conocía y me sumergía en un nuevo capítulo de esta pesadilla. ¿Qué me esperaba al otro lado de esta puerta?

Finalmente, el saco fue retirado de mi cabeza, y mis ojos se ajustaron a la luz brillante de una habitación lujosa. La decoración exquisita contrastaba con la frialdad que sentía en mi interior. Me encontraba en una mansión imponente, rodeada de lujo y misterio.

Frente a mí, un hombre alto y elegantemente vestido me observaba con una expresión imperturbable. Sus ojos, afilados y penetrantes, me estudiaban con detenimiento. Casi de inmediato, lo reconocí como uno de los imponentes escoltas que custodiaban a esos tipos extraños con máscaras de conejo. Su figura imponente destacaba en la penumbra, y su presencia imponía más que cualquier disfraz.

—Bienvenida—pronunció con calma, como si mi llegada fuera esperada desde hace mucho.

—¿Qué carajos estoy haciendo aquí?-—pregunté con valentía, aunque mi corazón latía con fuerza.

—Me llamo Deina—anunció con solemnidad, su voz resonando en la habitación como un eco de autoridad. Has entrado en territorio de los Duarte. No se me permite decirte nada más; solo lee las reglas.

El me entregó una hoja que detallaba las reglas de la mansión, y cada palabra escrita parecía dictar un destino al que, sin elección, estaba destinada a seguir.

Las palabras de esa hoja de papel resonaron en mi mente como un eco persistente: "Eres propiedad de Facundo Duarte"

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Las palabras de esa hoja de papel resonaron en mi mente como un eco persistente: "Eres propiedad de Facundo Duarte". La repulsa me invadió al imaginar volver a estar en manos de otro delincuente. Odiaba la idea de someterme a reglas, pero ese odio se mezcló con el desconcierto. Si era propiedad de Facundo, ¿por qué no se atrevió a dar la cara? ¿Quién era este hombre y cuál era mi papel en todo esto?

—Ya sabes qué hacer. Sigue las reglas y todo estará bien —respondió mientras me desataba las manos. No sabía cuál era la verdadera razón por la cual me encontraba en este lugar, pero ahora lo que realmente importaba era sobrevivir.

La atmósfera tensa de la mansión se cortaba con el filo de una daga invisible, y en ese instante, odié cada rincón de este sombrío laberinto. Deina, con su presencia imponente, me observaba con ojos que parecían conocer cada secreto oculto en mi alma. Su mirada era como un faro en la oscuridad, penetrando hasta lo más profundo de mí ser y dejando al descubierto mis temores más íntimos.

Sabía que desafiarlo no sería prudente, pero mi naturaleza rebelde rugía en mi interior, exigiendo resistir. Cada fibra de mi ser se resistía a ser marcada como propiedad, a aceptar un destino impuesto por las sombras que acechaban en esta mansión. Mi orgullo se alzaba como un muro de defensa, una barrera contra la sumisión que me exigían.

Mis primeros días en este lugar se transformaron en una lucha constante contra las reglas impuestas y mi deseo intrínseco de desafiarlas. A pesar de la oscura opresión que se cernía sobre la mansión, no pude evitar explorar sus pasillos en silencio, deslizándome como una sombra intrépida entre las sombras que danzaban en los rincones oscuros.

Sin embargo, cada intento de escapar de las reglas terminaba siendo castigada implacablemente. La figura de Facundo Duarte, el dueño invisible de esta prisión dorada, era mencionada constantemente, pero nunca se dejaba ver. Era como si su presencia se extendiera como una sombra sobre cada rincón de la mansión, observándonos desde las sombras con ojos fríos y despiadados. Él era como un puto fantasma.

Cada encuentro con el personal de la mansión se convertía en un juego peligroso, donde las palabras eran susurros apenas audibles y sus miradas eran cargadas de significado. Había un aire de conspiración, como si todos estuvieran atrapados en una red de secretos y mentiras tejida por manos invisibles.

La tarde parecía tan prometedora, el sol destellaba delicadamente sobre los jardines de la mansión, pintando con luz dorada cada rincón de este paraíso oculto. Mientras exploraba entre los setos y las flores, me encontré con los misteriosos jardineros de la mansión. Sus cuerpos musculosos destacaban bajo la luz del sol, altos y atractivos, como dioses de la naturaleza que se movían con gracia entre las plantas, cuidando el esplendor de este oasis verde.

Observé con fascinación cómo trabajaban, con una destreza y una gracia que parecían más propias de bailarines que de jardineros. Cada movimiento era fluido y preciso, como si estuvieran en perfecta armonía con el mundo a su alrededor. El viento jugueteaba con sus cabellos mientras recogían las hojas que habían esparcido, y una sonrisa juguetona curvaba sus labios

La Yummy hormonal que llevaba dentro no pudo evitar notar su atractivo, la tensión eléctrica que se desprendía de sus cuerpos como un imán que me atraía hacia ellos. Me acerqué a ellos con una curiosidad imprudente, sin darme cuenta de que estaba a punto de cruzar un límite peligroso entre el deber y la tentación.

—Hola -dije con una sonrisa, tratando de sonar casual mientras me acercaba a uno de los jardineros

-—No debería estar aquí -respondió

—Ahora también usted me va a pedir que me vaya a encerrar en la habitación.

—Puede quedarse si así lo prefiere, pero creo que no quiere meterse en problemas con los Duarte, ¿o sí? -respondió el jardinero.

Sentí cómo un brazo fuerte se cerraba a mí alrededor, sacándome bruscamente de mis pensamientos. El agarre era tan firme que apenas podía moverme. Podía escuchar el latido acelerado de mi corazón resonando en mis oídos, un eco de mi creciente pánico.

—¡Niña malcriada, te gusta estar castigada, ¿verdad! —gritó Deina, su voz resonando en el aire con una mezcla de ira y satisfacción.

Miré hacia atrás, y la sonrisa satisfecha del jardinero me llenó de rabia. Su rostro, curtido por el sol, se torcía en una mueca de triunfo. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad inquietante que me hizo estremecer. Parecía disfrutar de mi desdicha; su expresión era la de alguien que se deleita en el sufrimiento ajeno.

Mientras Deina me arrastraba, su mano apretando la mía con una fuerza que dejaba marcas, sentía cada piedra y cada irregularidad del suelo bajo mis pies. El camino hacia la estrecha habitación parecía alargarse interminablemente. Cada paso resonaba en mis oídos, un tamborileo que solo alimentaba mi desesperación y mi deseo de escapar.

Las paredes del pasillo se cerraban a nuestro alrededor, como si estuvieran conspirando para aprisionarme. Las sombras danzaban en las esquinas, creando figuras grotescas que se burlaban de mi situación.

Finalmente, llegamos a la puerta de la habitación. Deina la abrió de un empujón, revelando el interior oscuro y frío. Me lanzó dentro con una fuerza que me hizo tambalear y caer al suelo. El impacto me dejó sin aliento, y por un momento, todo lo que podía escuchar era el eco de mi propia respiración entrecortada.

—Aquí te quedarás hasta que aprendas a comportarte -dijo Deina, su voz cargada de una dureza que me hizo estremecer.

La puerta se cerró de golpe detrás de mí, y el sonido del cerrojo girando resonó como una sentencia definitiva. Me quedé en el suelo, mi cuerpo temblando, mis manos apretadas en puños mientras mis ojos se ajustaban a la penumbra de la habitación.

Me levanté lentamente, mis músculos protestando con cada movimiento. Miré a mí alrededor, tratando de encontrar algún punto débil en mi prisión. La habitación era pequeña y casi vacía, con solo una cama estrecha una mesa que quedaba junto a la cama. Y una ventana alta, demasiado alta para alcanzarla.

Me acerqué a la ventana, mis dedos rozando la pared fría y áspera mientras me estiraba hacia arriba. A través del vidrio sucio, podía ver un pedazo de cielo, un recordatorio de la libertad que me era negada. La determinación ardía en mi pecho como un fuego inextinguible. No me rendiría. Encontraría una forma de escapar, sin importar cuánto tiempo me llevara.

LOS DUARTE :EL ORIGEN #1Donde viven las historias. Descúbrelo ahora