Capítulo 38

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La noche del 3 de mayo, Eva celebraba el nacimiento de Abigail, su primera hija, La emoción palpable se extendía como un palpitar en el corazón de la casa. Eva, radiante de felicidad, sostenía a su pequeña Abigail en brazos, admirando cada rasgo de su rostro con asombro y amor infinito.

Sin embargo, conforme avanzaba la noche, el ambiente festivo comenzó a verse eclipsado por un cambio repentino en el clima. Desde las ventanas iluminadas, se podía ver cómo el cielo nocturno se oscurecía rápidamente, cubriéndose de nubes grises como el plomo que avanzaban con determinación. El viento, antes apenas perceptible, ahora soplaba con fuerza, agitando las cortinas y haciendo temblar los candelabros.

El repiqueteo insistente de la lluvia contra los cristales resonaba en la habitación, creando una banda sonora ominosa que acompañaba el silencio entre Facundo y yo mientras cenábamos. El sonido era como el eco de un tambor lejano, marcando el ritmo de un acontecimiento inevitable que se acercaba con cada gota que caía.

A la luz titilante de las velas, el ambiente adquiría una cualidad etérea, como si estuviéramos suspendidos en un sueño intranquilo del que no podíamos despertar. Las sombras danzaban en las paredes, proyectando figuras distorsionadas que parecían susurrar secretos oscuros en los rincones más oscuros de la habitación.

De repente, el zumbido agudo de un teléfono rompió el silencio, interrumpiendo nuestra paz con su insistencia. Facundo se estremeció ligeramente, su mirada desviándose hacia el dispositivo que vibraba sobre la mesa. La tensión alcanzó su punto máximo mientras se inclinaba para revisar el mensaje entrante, su expresión sombría revelando la gravedad de la situación.

—¿Qué pasa? —pregunté, notando la preocupación en los ojos de Facundo mientras leía el mensaje.

—tu padre quiere que busque unos documentos en la oficina—respondió

—¿A esta hora? —Pensé, alzando una ceja con incredulidad.

Facundo se levantó de la silla con una determinación tensa, y yo me apresuré a seguirlo, sintiendo la urgencia en el aire.

—Voy contigo— afirmé

—No, te quedas aquí— respondió, su tono reflejando una mezcla de protección y ansiedad.

—Estoy más segura si estoy a tu lado, Facundo—insistí, buscando su mirada con determinación.

Sus ojos encontraron los míos, revelando la tormenta de emociones que luchaban dentro de él. Una mezcla de preocupación y amor desbordaba en su mirada, reflejando la lucha interna que estaba librando.

Bajo la lluvia persistente, nos dirigimos hacia el auto, sumergiéndonos en la oscuridad de la noche. Cada paso era una incertidumbre, cada gota de lluvia un recordatorio de los peligros que acechaban en la oscuridad. Mientras el auto avanzaba, el sonido monótono de la lluvia golpeando el techo se mezclaba con el zumbido del motor, creando una sinfonía de ansiedad que llenaba el interior del vehículo.

Facundo movía nerviosamente el pie, sus ojos fijos en la carretera que se desdibujaba bajo la lluvia. Cada curva, cada giro, era una prueba de su determinación y su temor. Su mente trabajaba a mil por hora, calculando cada movimiento, cada posibilidad, mientras luchaba por mantener el control en medio de la tormenta que rugía dentro de él.

—¿Y si no soy capaz de protegerte? ¿Y si algo te pasa?— susurró, su voz apenas un murmullo perdido en el rugido de la tormenta.

Tomé su mano con la mía, entrelazando nuestros dedos con firmeza mientras nos aferrábamos el uno al otro en medio de la incertidumbre. Sus dedos temblaban ligeramente bajo los míos, revelando la tensión que se había acumulado en su interior.

LOS DUARTE :EL ORIGEN #1Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora