Capítulo 32

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La alarma sonó a las 6:00 a.m. Un nuevo día amanecía sobre la mansión, pero para mí, significaba un nuevo martirio. La rutina se repetía implacablemente: mis horarios coincidían con los de los Duarte, y juntos emprendíamos el camino desde la majestuosa mansión hacia la imponente estructura de la empresa de licores, la joya más grande del país.

Los hermanos Duarte, pilares de la empresa, caminaban con determinación por los largos pasillos de mármol del edificio corporativo. Cada paso que daban reverberaba con un eco solemne, marcando el ritmo de su misión. Sus trajes impecables y sus expresiones serias eran un reflejo de su compromiso y responsabilidad. Sin embargo, sus pasos estaban acompañados por una sombra inesperada: Bianca Santorini.

Bianca, una de las inversionistas de la empresa de mi padre, había decidido unirse a ellos esa mañana. Su presencia, aunque intentaba mimetizarse con el ambiente, era como una nota discordante en una sinfonía perfecta. Alta y esbelta, vestida con un elegante traje blanco que contrastaba con el negro riguroso de los Duarte, se movía con una gracia calculada. Sus tacones resonaban en el suelo de mármol, añadiendo un ritmo propio al eco de los pasos de los hermanos.

Cada gesto suyo, cada palabra que pronunciaba, resonaba en el aire con una fuerza que no podía ignorarse. Su voz, suave pero firme, tenía una cualidad hipnótica que capturaba la atención de quienes la escuchaban. Mientras avanzaban por el pasillo, Bianca miraba a su alrededor con ojos evaluadores, como si estuviera midiendo cada detalle del entorno.

Desde lejos, la observaba con creciente consternación. Sus ojos, siempre fijos en mi figura, parecían analizar cada movimiento que yo hacía, como si estuviera tratando de descifrar un enigma. Intentaba replicar mis gestos, como si fuera una coreografía ensayada en la danza de la imitación, pero su intento de emular mi presencia solo exacerbaba mi incomodidad.

Bianca Santorini era como una actriz consumada, interpretando el papel principal en una obra teatral donde los hermanos Duarte eran su audiencia. Cada movimiento, cada palabra, estaba meticulosamente calculada para captar su atención, para ganarse su aprobación. Pero, a pesar de todos sus esfuerzos, parecía que los hermanos Duarte eran inmunes a su encanto. Sus intentos de acercarse a ellos se desvanecían como hojas al viento. Sus miradas se desviaban, las respuestas eran evasivas, e incluso había ocasiones en las que se manifestaba un rechazo abierto. Sin embargo, Pilar persistía, como una mariposa obscura que, a pesar de los rechazos, continuaba revoloteando en torno a su luz inalcanzable.

Desde el momento en que nos conocimos, su antipatía hacia mí quedó clara como el agua cristalina de un arroyo de montaña. Sus ojos, fríos y penetrantes, eran como dos espejos que reflejaban una indiferencia hiriente. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, sentía una punzada en el pecho, como si una sombra oscura se cerniera sobre cada interacción nuestra, envenenando el aire que compartíamos con su hostilidad palpable. Era imposible ignorar la tensión que se arremolinaba entre nosotras, una corriente subterránea de resentimiento que se manifestaba en gestos sutiles y palabras afiladas.

Fue en la reunión crucial de la familia Duarte y los Castillo en la empresa donde esa animosidad alcanzó su punto álgido. La sala de conferencias, decorada con sobriedad y elegancia, estaba llena de retratos de los fundadores, sus miradas serenas desde las paredes contrastaban con la atmósfera tensa del presente. Las grandes ventanas dejaban entrar la luz del sol de la tarde, que proyectaba sombras alargadas sobre la mesa de caoba pulida. El aroma a café recién hecho se mezclaba con el de los documentos nuevos, creando un ambiente de profesionalismo y formalidad.

El ambiente en la sala de conferencias estaba cargado de expectación y tensiones latentes. Los ejecutivos, vestidos impecablemente en trajes oscuros, intercambiaban miradas nerviosas mientras aguardaban el inicio del debate. Un murmullo bajo llenaba la habitación, una mezcla de susurros y el suave roce de papeles. Las propuestas para mejorar el rumbo de la empresa se debatían con fervor, cada voz intentando sobresalir en la maraña de opiniones. Mis sugerencias fluían con la facilidad de alguien comprometido con el éxito de la compañía. Hablaba con convicción, mis manos gesticulando para enfatizar cada punto, mientras mis ojos recorrían la sala buscando algún signo de apoyo.

LOS DUARTE :EL ORIGEN #1Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora