Epílogo 1

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Narra Brenda

Cuando pienso en cómo ha cambiado mi vida desde que Trevor llegó, a veces me resulta difícil creerlo. Cada día, desde que descubrimos que íbamos a ser padres, Trevor ha estado a mi lado, cuidándome en formas que nunca imaginé. No solo es el hombre con el que decidí compartir mi vida, sino que se ha convertido en un pilar inquebrantable en este proceso. Cada noche, se aseguraba de que estuviera cómoda, colocaba almohadas estratégicamente alrededor de mí cuando dormir se hacía difícil. Si me antojaba algo en plena madrugada, no dudaba en levantarse para conseguirlo. Era como si siempre supiera lo que necesitaba antes de que yo misma lo pidiera.

Recuerdo una tarde, a los ocho meses de embarazo, cuando ya me sentía agotada. Me dolía todo y mis hormonas me tenían a flor de piel. Trevor me encontró llorando en la sala, sin una razón aparente. Sin decir nada, se sentó a mi lado, me abrazó y me susurró al oído: "Tú y los bebés son lo más importante para mí. Lo estás haciendo increíble". Me hizo sentir tan segura, tan cuidada, que en ese momento me di cuenta de que no solo sería un excelente esposo, sino también el mejor padre que pudiera imaginar.

El trayecto al hospital fue una montaña rusa de emociones. Estaba nerviosa, sí, pero con Trevor a mi lado, sentí una calma extraña, una certeza de que todo iba a salir bien. En cuanto llegamos, las enfermeras nos recibieron y me llevaron a la sala de partos. El dolor era intenso, pero Trevor nunca me soltó la mano. Estaba ahí, susurrando palabras de aliento, recordándome que pronto conoceríamos a nuestros hijos. Cada vez que pensaba que no podría más, su voz me traía de vuelta, y seguía adelante.

Finalmente, después de lo que parecieron horas interminables, escuché el primer llanto. Luego, el segundo. Nuestros bebés habían llegado, sanos y fuertes.

Cuando los trajeron a mis brazos, fue como si el mundo entero se redujera a ese momento. Trevor estaba a mi lado, mirando a nuestros hijos con el mismo asombro que yo. Todo lo que habíamos pasado, cada miedo y duda, había valido la pena.

Unas horas después, nuestros padres llegaron al hospital, junto con Dafne. La alegría en sus rostros era palpable. Mi mamá y la de Trevor lloraban de felicidad al ver a sus nietos por primera vez. Y luego, por supuesto, Dafne no pudo contenerse y nos abrazó a ambos, casi derramando lágrimas también.

Narra Trevor

Nunca supe cuánto podía amar a alguien hasta que vi a Brenda pasar por cada etapa del embarazo. Verla cambiar, adaptarse y ser tan fuerte me hacía admirarla más cada día. Sabía que mi trabajo era estar ahí, hacerle la vida lo más fácil posible mientras nuestros hijos crecían dentro de ella. Y aunque no siempre sabía exactamente qué hacer, me esforzaba por escucharla y anticipar lo que necesitaba. Desde preparar su té de hierbas cuando tenía náuseas hasta darle masajes en los pies cuando llegaba a casa después de un día largo en la editorial o en la cafetería de sus padres, lo hacía con gusto. Quería que supiera que no estaba sola en esto.

Los días previos al parto fueron los más tensos, pero también los más emocionantes. Cada contracción, cada señal de que los bebés estaban por llegar me ponía alerta. Hasta que finalmente, una noche, mientras cenábamos tranquilos, Brenda me miró con una mezcla de sorpresa y ansiedad.

—Creo que es hora —dijo, poniendo su mano sobre su vientre.

Mi corazón se aceleró, pero me mantuve sereno por ella. Agarré la maleta que habíamos preparado semanas antes, la ayudé a ponerse el abrigo, y en cuestión de minutos estábamos en el auto, camino al hospital.

Finalmente, después de lo que se sintió como una eternidad, escuché el primer llanto. Y poco después, llegó el segundo. Nuestros bebés estaban aquí, sanos y fuertes.

MI DESTINO/ LIBRO 1- SERIE LOS DIOSES CASAMENTEROSHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora