Seis meses después del rescate familiar, Poppy y Ramón, la pareja real de Villa Pop, anhelan un poco de normalidad. Sin embargo, los celos, las inseguridades y las responsabilidades de la corona amenazan con ensombrecer su romance. ¿Podrán superar s...
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La tarde comenzaba a crecer lentamente por Volcano Rock City, tiñendo el cielo de un naranja profundo que apenas lograba calmar la inquietud que anidaba en el pecho de Ramón. Después de semanas de gira, había imaginado este momento de regreso a casa como la culminación de su meta. Pero la excitación que lo mantuvo despierto durante noches se había convertido en un peso, un oscuro presagio que se arrastraba tras él como un fantasma.
Murmullos de otros trolls revoloteaban en su mente. La reina Poppy está enferma, repetían. Ramón se detuvo en seco la primera vez que lo escuchó, sintiendo cómo su estómago se contraía. Mareos, dolores de cabeza... Esos síntomas, a pesar de ser de cierta forma comunes debido a su exhausta rutina, también podía significar una alarma. ¿Por qué Poppy no le había mencionado nada en sus cartas? Se había sumido en su carrera musical, y ahora parecía que su desatención podría tener consecuencias graves.
Mientras caminaba hacia Rhonda, sintió cada paso con más peso. Ella era su todo, su compañera, su reina. La idea de que estuviera sufriendo lo hacía sentir como un idiota, incapaz de reconocer la preocupación detrás de sus silencios. Las cartas siempre habían sido una muestra de su amor y deseos, pero en ese instante imaginaba que no significaban nada.
Al llegar a la puerta, su alrededor se desvaneció. Una ola de desesperación lo arrastró, dejando a Ramón temblando. Sabía como actuar; tenía que abrazarse a sí mismo, buscando consuelo en el roce de su propia piel, pero se sentía como un cascarón. Sus labios permanecían entreabiertos, con un notorio temblor, acompañados de su respiración agitante.
Ni siquiera pudo percatarse en qué momento John Dory había aparecido frente a él, en un intento de auxiliarlo –inutilmente.
—¡Ramón! —exclamó John, notándose extremadamente preocupado— ¿Qué te pasa?
Las palabras apenas salieron de los labios del menor, sonando como un murmullo tembloroso. Gateó hacia el escalón para sentarse, con la cabeza entre las manos, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza. John lo tomó del brazo, guiándolo hacia adentro. Ramón podía sentir el calor de su hermano, aquella presencia reconfortante que lo animaba a intentar calmarse. El mayor sabía que no era la primera vez que su hermanito se encontraba en esta situación, y la avergonzada sensación de ser un estorbo en su revoltijo emocional lo hizo sentirse culpable.
—No puedo esperar —dijo Ramón una vez que el aire volvió a entrar en sus pulmones—. Debemos volver a la villa. Necesito ver a Poppy.
La urgencia en su voz era asfixiante, como si su corazón estuviera literalmente a punto de estallar.
—No podemos —dijo—. Si hacemos eso, podríamos enfrentar consecuencias muy graves.
Ramón lo miró, confundido y angustiado. La mezcla de emociones lo estaba desbordando. ¿Cómo podía pensar en quedarse? La preocupación por Poppy y el miedo a lo desconocido se entrelazaban en su mente, formando un huracán interno. ¿Qué haría si no pudiera protegerla?