ISAGI YOICHI

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El estadio estaba enardecido. Miles de personas coreaban el nombre de Isagi Yoichi, el héroe que había llevado a la selección sub-21 de Japón a la victoria en el torneo internacional. Como mánager del proyecto Blue Lock, te encontrabas en medio de una vorágine de emociones. Este momento era el fruto de años de trabajo, sacrificios y un inquebrantable sueño compartido con todos los jugadores que habías guiado. Pero entre ellos, Isagi siempre había tenido un lugar especial en tu corazón.

Habías conocido a Isagi en los primeros días del proyecto Blue Lock. Era uno de los tantos jugadores ansiosos por demostrar su valía, pero había algo en él que destacaba. Recuerdas aquella tarde en la que lo encontraste entrenando solo en el campo, intentando perfeccionar un complicado disparo de giro. Te acercaste con un par de consejos técnicos y terminaste quedándote más tiempo del que habías planeado, analizando cada movimiento juntos. La forma en que sus ojos brillaban cuando lograba un avance te hacía sentir que todo el esfuerzo valía la pena.

Otra vez, durante una sesión particularmente difícil, lo ayudaste a superar una crisis de confianza. Había fallado repetidamente en un ejercicio de presión y se quedó solo en el gimnasio, golpeando el balón contra la pared con frustración. Te sentaste a su lado y le hablaste sobre cómo incluso los mejores enfrentan derrotas antes de alcanzar el éxito. Esa conversación terminó con una promesa compartida: él seguiría luchando, y tú estarías allí para apoyarlo.

Mientras el equipo celebraba en el campo, Isagi se volvió hacia la grada donde tú estabas. Sus ojos oscuros se encontraron con los tuyos, y durante un instante, el bullicio del estadio desapareció. Sentiste que tu corazón se detenía cuando él te dedicó una sonrisa radiante. Ese era su momento, pero de alguna manera, él quería compartirlo contigo.

Después de la ceremonia de premiación, cuando las luces del estadio empezaron a apagarse y la multitud comenzó a dispersarse, te quedaste en el borde del campo, supervisando los últimos detalles. Fue entonces cuando escuchaste pasos acercándose. Al voltear, viste a Isagi caminando hacia ti, todavía con la medalla de oro colgando de su cuello y el uniforme salpicado de césped.

—Lo logramos —dijo con una mezcla de alivio y alegría.

Tú sonreíste, incapaz de ocultar el orgullo en tu mirada.

—Tú lo lograste, Isagi. Fuiste increíble.

Él negó con la cabeza, acercándose más hasta quedar frente a ti.

—No lo habría logrado sin ti. Siempre has estado ahí, apoyándome, creyendo en mí incluso cuando yo dudaba de mí mismo.

Tu rostro se sonrojó ante sus palabras. Isagi te miraba con una intensidad que te dejó sin aliento.

—Yoichi...

—No, déjame terminar —te interrumpió suavemente, tomando tus manos entre las suyas—. Desde hace tiempo, he querido decirte algo, pero nunca encontré el momento. Ahora, después de todo lo que hemos pasado juntos, no quiero seguir callándolo.

El silencio que siguió fue casi tangible. Podías sentir la aceleración de tu corazón mientras él te miraba con esos ojos que siempre habías encontrado tan hipnotizantes.

—Te quiero —confesó finalmente—. No solo como mánager o como amiga. Te quiero de verdad, y quiero estar contigo, no solo en el campo, sino en todo.

Las palabras de Isagi te dejaron sin aliento. Durante tanto tiempo habías reprimido tus propios sentimientos, temiendo que ponerlos en palabras pudiera poner en riesgo todo lo que habáis construido juntos. Pero ahora, escucharlo decir lo que siempre habías deseado escuchar, hizo que una ola de emoción te inundara.

—Yoichi... yo también te quiero —admitiste, sintiendo cómo las palabras brotaban con naturalidad—. Siempre lo he hecho, pero nunca supe si tú...

Él no te dejó terminar. Con una sonrisa que reflejaba tanto alivio como felicidad, se inclinó hacia ti y capturó tus labios en un beso lleno de dulzura y pasión. Fue un beso que pareció detener el tiempo, borrando todo lo que no fueran ustedes dos en ese momento.

Cuando finalmente se separaron, Isagi apoyó su frente contra la tuya, sonriendo con esa expresión radiante que tanto adorabas.

—Prometo que no voy a defraudarte, en el campo ni fuera de él.

Tú reíste suavemente, acariciando su mejilla.

—Nunca lo has hecho, Yoichi.

...

El tiempo pasó rápido tras aquel momento inolvidable. La relación entre tú e Isagi floreció lejos de las miradas del público. Al principio, fue difícil equilibrar la profesionalidad con el amor que había crecido entre ambos, pero juntos encontraron el camino.

Un año después, te encontrabas en un estadio diferente, pero con la misma pasión en el aire. Isagi había sido llamado a la selección nacional absoluta, y esa noche, había marcado el gol que llevó a Japón a las semifinales del torneo más prestigioso del mundo. Mientras lo veías celebrar, no pudiste evitar recordar los primeros días de su carrera y cómo habíais crecido juntos.

Después del partido, Isagi te encontró en una sala privada del estadio. Llevaba una camiseta diferente, pero la misma sonrisa de siempre.

—Pensé en ti cuando vi el balón cruzar la línea —dijo, abrazándote con fuerza—. Todo esto es gracias a ti.

Tú sonreíste, acariciando su cabello.

—Es gracias a nosotros, Yoichi. Siempre hemos sido un equipo.

Él te miró con ternura antes de inclinarse para besarte, esta vez con una pasión que solo había crecido con el tiempo. El mundo podía esperar una vez más. Estabas donde siempre habías querido estar: a su lado.

𝐁𝐋𝐔𝐄 𝐋𝐎𝐂𝐊 | 𝐎𝐧𝐞 𝐒𝐡𝐨𝐭𝐬Donde viven las historias. Descúbrelo ahora