ISAGI YOICHI

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Nunca pensaste que terminarías trabajando en un lugar tan extraño como el Blue Lock. Cuando aceptaste el trabajo como personal de apoyo administrativo y logístico, no imaginabas que se trataría de una instalación que buscaba crear al mejor delantero del mundo, casi como si fuera una fábrica de talentos y egos desbordados.

Tu labor no era dentro de la cancha, sino en los pasillos: entregar informes, coordinar horarios de entrenamiento, ayudar en la logística de los partidos internos y, a veces, simplemente estar disponible para cuando alguno de los jugadores necesitaba orientación práctica en algo más allá del fútbol.

Lo curioso era que, pese a que estabas rodeada de decenas de muchachos obsesionados con el balón, tú nunca habías sido muy fanática del deporte. El fútbol para ti era ruido de estadios en televisión y conversaciones que no entendías del todo. Sin embargo, había algo en el ambiente del Blue Lock que te mantenía alerta: era intenso, vibrante, como si todos los días fueran una final de campeonato.

Fue en una de esas jornadas agitadas que conociste a Isagi Yoichi.

Lo recuerdas bien: estabas cargando una caja con botellas de agua hacia la sala de entrenamiento del Equipo Z. El pasillo era largo y apenas iluminado, y de repente escuchaste un golpeteo de balón.

—Ah, lo siento, ¿te golpeó? —preguntó una voz apresurada cuando la pelota rodó hasta chocar suavemente contra tu pierna.

Al alzar la vista, lo viste: un chico de cabello oscuro, ojos intensos y expresión nerviosa. Su uniforme estaba empapado de sudor y respiraba con agitación, como si acabara de correr un maratón.

—No... no te preocupes —respondiste, inclinándote para tomar el balón y devolvérselo.

Él lo atrapó con ambas manos y sonrió con cierto alivio.

—Gracias. Soy Isagi Yoichi.

No sabías aún que ese encuentro casual se convertiría en el inicio de algo mucho más grande que simples saludos en los pasillos.

Con el paso de los días, empezaste a notar cómo Isagi destacaba entre el caos de Blue Lock. No era el más alto ni el más fuerte, tampoco el más arrogante. Lo que lo distinguía era esa mirada seria y, al mismo tiempo, vulnerable que tenía cuando hablaba de fútbol.

Tu trabajo te obligaba a cruzarte con él más seguido de lo que imaginabas. Una vez le llevaste informes sobre los horarios de entrenamiento, otra lo encontraste solo en la cafetería repasando notas estratégicas que había escrito en servilletas.

—¿También trabajas para el Blue Lock? —te preguntó un día mientras acomodaba su bandeja.

—Sí —respondiste—. Soy parte del equipo de apoyo. Mi trabajo es que ustedes puedan enfocarse solo en jugar.

Él rió suavemente, bajando la mirada a su comida.

—Eso suena más importante de lo que parece. Si fallamos, al menos no será tu culpa.

—Vaya motivación —respondiste con ironía, y ambos rieron.

Ese fue el primer momento en que sentiste que podías hablar con él de forma natural. No era como con otros jugadores, que apenas respondían con orgullo o desdén. Con Isagi había algo diferente: te miraba de verdad, como si le importara lo que decías.

El Blue Lock era despiadado. Cada partido interno, cada prueba, podía significar la eliminación de alguien. Y aunque tu lugar no estaba en el césped, sentías la tensión desde la banca.

Un partido en particular se te quedó grabado. El Equipo Z se enfrentaba a rivales que parecían invencibles. Estabas en la mesa de apoyo, anotando estadísticas, pero tu mirada se desviaba constantemente hacia Isagi. Lo veías correr, calcular, dudar y volver a decidir. Cada movimiento suyo parecía un reflejo de la lucha interna que cargaba.

𝐁𝐋𝐔𝐄 𝐋𝐎𝐂𝐊 | 𝐎𝐧𝐞 𝐒𝐡𝐨𝐭𝐬Donde viven las historias. Descúbrelo ahora