RANZE KURONA

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Después del agotador y competitivo torneo Sub-20, por fin les habían dado un merecido descanso a los jugadores de Blue Lock. Algunos optaron por dormir durante días enteros, otros se fueron con amigos o familia... pero Kurona Ranze solo pensaba en una cosa: verte.

—¿Un acuario? —preguntaste divertida al escuchar su sugerencia—. ¿No prefieres algo más tranquilo?

Él solo sonrió. Esa sonrisa suya, medio tímida, medio traviesa, con los ojos entrecerrados como si estuviera maquinando algo.

—Quiero ver peces. Y estar contigo. Si hay tiburones, mejor —dijo encogiéndose de hombros, como si fuera lo más normal del mundo.

No te resististe. No podías, no cuando te miraba con esos ojos intensos, aunque tranquilos, ni cuando te tomaba de la mano sin previo aviso y comenzaba a caminar contigo como si el mundo se desvaneciera a su alrededor.

El acuario estaba tranquilo, con luces tenues y pasillos húmedos por donde caminaban pocos visitantes. El sonido del agua y las burbujas de los tanques creaban un ambiente casi mágico.

Pasaban de tanque en tanque, observando peces exóticos, medusas resplandecientes y tortugas gigantes. Pero entonces, llegaron a la sección más esperada por él: los tiburones.

Kurona se acercó al cristal como un niño emocionado, con una expresión casi adorable que contrastaba con su usual aura tranquila y analítica. Tú te detuviste unos pasos atrás, mirándolo. Había algo encantador en él cuando se entusiasmaba así... algo puro.

—¿Sabías que los dientes de tiburón se reemplazan constantemente? —comentó sin dejar de mirar el tanque.

—¿Ah, sí? —respondiste con una sonrisa divertida—. Me recuerdan a tus dientecitos.

Él se giró, parpadeando.

—¿Mis qué?

—Tus dientes. Esos colmillitos tuyos cuando sonríes... ¡Son igualitos a los de un tiburón de peluche que vi hace un rato!

Kurona parpadeó otra vez. Por un segundo, su rostro enrojeció levemente, y te miró como si no supiera cómo responder.

—Eso fue... ¿un cumplido?

—Claro que sí —dijiste, dándole un pequeño codazo—. ¡Eres como mi tiburón personal!

Kurona bajó la cabeza un poco, murmurando algo entre dientes que no lograste entender, pero al alzar la vista, lo viste sonriendo, y su expresión parecía incluso más brillante que las luces del acuario.

—Entonces te protegeré como un tiburón haría con su cardumen —dijo finalmente, tomándote de la mano otra vez.

—Eso no tiene mucho sentido biológicamente hablando —reíste, pero no soltaste su mano.

—No importa. Quiero estar contigo. Eso sí tiene sentido.

Pasaron el resto del día explorando, comprando peluches —incluido ese pequeño tiburón que tanto te gustó— y sacándose fotos con los peces de fondo. Era una de esas citas simples pero perfectas, en la que el mundo parecía detenerse.

Y mientras volvían a casa, con tu cabeza apoyada en su hombro y el tiburón de peluche entre ustedes, pensaste que tal vez no necesitabas nada más que esto: una tarde con Kurona, y su sonrisa con colmillitos de tiburón solo para ti.

La tarde se desvanecía en tonos azulados mientras tú y Kurona caminaban de regreso, aún con las manos entrelazadas. El peluche de tiburón que habías comprado en el acuario reposaba abrazado contra tu pecho. El silencio entre ustedes era cómodo, lleno de esa clase de paz que solo se tiene cuando estás con la persona correcta.

—¿Quieres pasar un rato más en mi casa? —preguntó él de pronto, sin soltarte la mano—. No tienes que quedarte mucho si no quieres.

Lo miraste de reojo, sonriendo. Había un ligero sonrojo en sus mejillas, y aunque su tono seguía siendo calmado, tú conocías ese nerviosismo disfrazado. Kurona no era alguien que hablaba mucho... pero contigo, siempre intentaba.

—Claro que sí. Mientras me sigas contando datos raros de tiburones.

—Trato hecho.

Su departamento era minimalista, ordenado, con algunos detalles que lo delataban: una pared decorada con camisetas de fútbol, revistas tácticas abiertas como si hubiera estado analizándolas, y una pequeña colección de figuras de peces y animales marinos sobre una repisa.

Te sentaste en su sofá mientras él te ofrecía una bebida, y en menos de lo que pensaste, te encontraste acostada a su lado, con la cabeza en su pecho y el tiburón de peluche entre ambos.

—No imaginé que el descanso se sentiría así —susurró él, acariciando tu cabello lentamente—. Todo se sentía tan... tenso en el Blue Lock. Como si respirar estuviera prohibido.

—Y ahora...

—Ahora siento que puedo hacerlo. Porque estás aquí.

El silencio se hizo de nuevo. No incómodo, sino pesado de emociones. Te acurrucaste un poco más cerca, sintiendo su calor, su mano bajando lentamente hasta sostener tu cintura con suavidad.

—¿Sabes? —dijiste con una risita baja—. Cuando te vi por primera vez, pensé que eras un poco intimidante. Con esa mirada afilada, como si pudieras leer la mente de cualquiera.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que eres solo un tiburón suavecito por dentro.

Kurona dejó escapar una carcajada suave, más un resoplido encantador que una risa. Se incorporó un poco y, sin decir nada más, apoyó su frente contra la tuya.

—No soy suave. Pero contigo... me haces sentir diferente.

Sus ojos se clavaron en los tuyos. Intensos, pero no fríos. Brillaban con algo más que deseo: admiración, ternura, cariño profundo. Y entonces, sin previo aviso, se acercó y rozó tus labios con los suyos. Un beso lento, suave, casi tímido... pero lleno de emoción contenida.

Al separarse, no dijo nada. Solo te miró, como si en ti hubiera encontrado la calma que tanto había buscado entre goles y competencia.

—Te amo, ¿sabes? —murmuró.

—Lo sé. Yo también te amo, mi tiburón bonito.

Él sonrió, esa sonrisa de colmillitos que tanto te gustaba. Y tú pensaste, mientras te acurrucabas de nuevo en su pecho, que no había mejor lugar en el mundo que ese: su abrazo, su calor, y la forma en la que hacía que el mundo dejara de ser tan ruidoso.

𝐁𝐋𝐔𝐄 𝐋𝐎𝐂𝐊 | 𝐎𝐧𝐞 𝐒𝐡𝐨𝐭𝐬Donde viven las historias. Descúbrelo ahora