OLIVER AIKU

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La lluvia caía con fuerza sobre el campo de entrenamiento, pero tú no te movías de la línea de banda. Estabas empapada, los dedos fríos aferrando tu cuaderno de notas. No eras jugadora, pero vivías el fútbol con la misma pasión: eras parte del nuevo equipo de análisis táctico que trabajaba con la selección U-20, y desde que el proyecto Blue Lock había tomado protagonismo, las cosas se habían vuelto... más intensas.

Y ahí estaba él.

Oliver Aiku, capitán de la defensa, de sonrisa fácil y mirada astuta. Tenía una presencia que era difícil ignorar, y tú habías tratado de hacerlo... durante semanas. Pero era imposible no notarlo cuando pasaba cerca, lanzando bromas, echándote miradas rápidas que no eran del todo profesionales.

—¿Otra vez te olvidas del paraguas, TN? —preguntó Oliver, acercándose a ti con una sonrisa torcida y el uniforme pegado a la piel.

—Estoy trabajando. Y tú deberías estar estirando, no coqueteando —le respondiste sin levantar la vista, aunque sabías que te estaba mirando.

—¿Coqueteando? ¿Contigo? Jamás —dijo en tono dramático, antes de agacharse para hablarte al oído—. Aunque... si tú me lo pidieras, me dejaría marcar un gol.

Tu corazón dio un vuelco. Sabías que bromeaba. Siempre lo hacía. Pero había algo en su voz esa vez, algo más bajo, más serio.

Y tú también lo sentiste. Ese silencio denso entre ambos, más elocuente que cualquier palabra. El viento soplaba, la lluvia insistía, pero tú seguías inmóvil. Porque de repente, lo único que podías escuchar era tu propio pulso.

—Oliver... —empezaste, pero te interrumpió el pitido de un silbato en la distancia.

—¡Aiku, a las duchas ya! ¡No te hagas el gracioso otra vez! —gritó uno de los entrenadores.

Oliver chasqueó la lengua con resignación, pero antes de alejarse, te miró de reojo y dijo en voz baja:

—No me quites los ojos de encima, ¿vale, analista? Hoy voy a darte algo para anotar en ese cuaderno.

Y con una media sonrisa, se fue corriendo hacia el vestuario, salpicando agua en cada paso.

Cuando regresaste esa noche al alojamiento del equipo, seguiste repasando jugadas, aunque tus pensamientos iban en otra dirección. Había algo inquietante en la forma en que Oliver te había hablado. Algo que cruzaba la línea profesional.

Y lo peor... es que no sabías si querías que retrocediera.

Pasaron tres días sin más que interacciones superficiales. Él volvía a sus bromas, sus sonrisas, sus guiños, pero ninguno de los dos mencionaba aquella tarde bajo la lluvia. Tal vez era más fácil así. Tal vez él estaba probando algo. O esperando.

Hasta que llegó el partido amistoso contra la segunda generación de Blue Lock.

Ego Jinpachi estaba en las gradas, tomando notas. El ambiente estaba cargado. Y tú, como parte del equipo técnico, estabas justo en el borde del campo, observando a los jugadores con atención. Era un duelo tenso: el viejo mundo contra el nuevo.

Oliver estaba en su zona, comandando la defensa con precisión. Pero tú lo notaste: su mirada iba más allá del balón. Buscaba algo. Te buscaba a ti.

Y entonces ocurrió.

Minuto 76. Ryusei Shidou rompió la línea defensiva con un regate imposible. Aiku no dudó. Lo interceptó con un cruce perfecto, un bloqueo quirúrgico. El estadio explotó. El técnico se levantó de su asiento.

Y tú también.

Porque tras recuperar el balón, Oliver te miró directo... y levantó dos dedos, como si dijera: ¿Eso lo anotaste?

Tú solo pudiste sonreír. Lo anotaste, sí. Pero no en tu cuaderno.

En el pecho.

Más tarde, ya caída la noche, lo encontraste solo, apoyado contra una de las vallas del campo. Ya sin el uniforme, con una sudadera, pero el mismo aire de seguridad calculada.

—¿Vienes a darme el informe táctico? —preguntó, aunque su voz sonaba menos burlona. Más sincera.

—No vine como analista —dijiste. Y por fin, tus ojos lo buscaron sin miedo.

Oliver entrecerró los ojos, estudiándote. Y entonces sonrió, no con arrogancia, sino con algo más suave. Más real.

—Pensé que no me estabas mirando.

—Siempre te estoy mirando —confesaste.

No necesitó más. Dio dos pasos y ya estaba frente a ti, su mano buscando la tuya con naturalidad. Entre sus dedos grandes y cálidos, tus dedos fríos encajaron como piezas de un rompecabezas.

—Entonces, TN... —murmuró contra tus labios, justo antes de besarte—. ¿Esto cuenta como fuera de juego?

—No —susurraste de vuelta, contra su boca—. Esto cuenta como un gol legítimo.

Y por primera vez en mucho tiempo, Oliver Aiku no sintió la necesidad de defenderse de nada.

𝐁𝐋𝐔𝐄 𝐋𝐎𝐂𝐊 | 𝐎𝐧𝐞 𝐒𝐡𝐨𝐭𝐬Donde viven las historias. Descúbrelo ahora