Conocí a los hermanos Itoshi antes de que supiera atarme sola los cordones.
Sae siempre estaba delante, con esa mirada arrogante que parecía decir "yo sé a dónde voy", mientras que Rin lo seguía como una sombra obediente, tratando de imitar cada paso. Y yo, corría detrás de ellos con las trenzas desordenadas y las rodillas raspadas, intentando no quedarme atrás.
Nuestros veranos eran partidos interminables de fútbol en el parque del barrio. Yo nunca fui tan buena como ellos, pero Rin siempre se ofrecía a enseñarme, mientras que Sae decía, con una mezcla de burla y ternura:
—Si no sabes ni parar un balón, ¿para qué corres tanto, TN?
Yo me enfadaba, pero luego él era el primero en darme la mano cuando me caía. Rin, en cambio, me miraba con preocupación genuina, como si cada raspón mío doliera también en su piel.
A veces pienso que esos fueron los días más sencillos de mi vida: tres niños, un balón, un cielo azul interminable.
La adolescencia nos golpeó como un balón directo al estómago.
Sae empezó a destacar de un modo casi inhumano; los entrenadores lo elogiaban, los ojeadores lo seguían, y de pronto, hablaba de ligas extranjeras, de Europa, de sueños que sonaban imposibles.
Rin, en cambio, se quedó en la sombra. Su orgullo herido lo empujó a entrenar más duro, más obsesivo, con la mirada puesta siempre en superar a su hermano mayor. Yo quedé en medio, viendo cómo los dos niños que conocía se transformaban en rivales, casi en enemigos.
Cuando Sae se fue a España, yo lloré más que Rin. Y él, con los labios apretados, me dijo:
—No importa. Lo alcanzaré. Y cuando lo derrote, entonces mirará hacia aquí... hacia nosotros.
"Nosotros", dijo. Y ese "nosotros" me quemó en el pecho.
Pasaron los años. Yo ya estaba en la universidad cuando supe que Sae y Rin habían vuelto temporalmente a Japón.
Sae fue el primero con el que me encontré. No lo veía desde hacía tanto que al encontrarlo frente a mí, con ese porte adulto, elegante, casi inalcanzable, me costó reconocer al niño que me gritaba que aprendiera a chutar bien.
—Has crecido —me dijo, serio.
—Tú también —respondí, sintiéndome ridícula, como si no hubiera nada mejor que decir.
Rin apareció poco después, y la tensión entre ellos era tan densa que casi podía tocarse. Apenas se miraban, pero yo notaba cómo cada gesto del otro los afectaba. En medio de esa rivalidad, yo volvía a ser la pieza intermedia, la amiga de infancia que trataba de mantenerlos unidos... aunque cada vez se volvía más difícil.
Al principio pensé que todo volvería a ser como antes, pero me equivoqué.
Ya no éramos tres niños corriendo detrás de un balón: ahora éramos tres adultos intentando entender qué hacer con los años que nos habían cambiado.
Sae me invitó a un café una tarde. No sonreía mucho, pero su mirada tenía un peso distinto, una calma que imponía distancia y atracción al mismo tiempo. Hablamos de cosas superficiales, pero de pronto soltó:
—Nunca imaginé que seguirías aquí.
No supe si lo dijo como reproche o como alivio. Y, cuando lo vi bajar la mirada al vaso, entendí que Sae seguía siendo ese mismo chico que me ofrecía la mano después de caer... solo que ahora no sabía si levantarme era su forma de cuidar o de poseer.
—TN, ¿alguna vez pensaste en mí... más allá de la amistad?
El corazón me dio un salto. No supe qué responder.
Sae siempre había tenido ese aire de superioridad, esa seguridad que me sacaba de quicio, pero verlo tan directo, tan vulnerable en ese instante, me desarmó.
ESTÁS LEYENDO
𝐁𝐋𝐔𝐄 𝐋𝐎𝐂𝐊 | 𝐎𝐧𝐞 𝐒𝐡𝐨𝐭𝐬
Fanfiction! pedidos cerrados ¡ Diferentes situaciones con los chicos de Blue Lock . . 𝐁𝐥𝐮𝐞 𝐋𝐨𝐜𝐤 𝐎𝐧𝐞 𝐒𝐡𝐨𝐭𝐬 Los personajes pertenecen al autor Muneyuki Kaneshiro. Todos los derechos reservados. Prohibido el plagio o adaptación de la historia o s...
