YO HIORI

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Yo Hiori era conocido en el Instituto Shūchikkan por su eficiencia silenciosa. Había sido seleccionado para el equipo de fútbol intercolegial gracias a su puntería fina, su lectura precisa del juego y su frialdad bajo presión. Pero fuera del campo, lo veías en pasillos, en la biblioteca o en entrenamientos adicionales, casi siempre solo, con los auriculares puestos o absorto en sus pensamientos.

Tenía una historia difícil: su padre se había mudado años atrás a otra prefectura por trabajo, y su madre pasaba gran parte del tiempo ausente también por labores laborales. Él vivía solo en el piso superior de la casa familiar porque sufría de insomnio cada vez que intentaba dormir con ruidos. Esa soledad le había enseñado a valerse por sí mismo, pero también lo había hecho retraído. No le gustaba hablar de ello; en el equipo solo hablaba lo estrictamente necesario. Su mirada era intensa, ojos oscuros que parecían replantearse cada palabra antes de dispararla.

En la primera semana de curso, TN llegó como estudiante de intercambio dentro del programa de arte. Cabello castaño oscuro y ojos avellana que brillaban con curiosidad. Su entusiasmo por descubrir cosas nuevas contrastaba con la calma de Yo. Caminaba por los pasillos entre clases con una libreta de dibujo y un cuaderno de bocetos. En un día lluvioso, ambos coincidieron en el pasillo entre aulas: una corriente de aire húmedo y el sonido envolvente de gotas. TN tropezó levemente con su propio pie y casi pierde la libreta. Yo la detuvo silenciosamente, solo con movimiento lento y preciso de su mano, sosteniendo el cuaderno que caía. Sus miradas se cruzaron.

—Gracias —murmuró ella.

Él asintió casi sin hablar, terminó el gesto y siguió su camino. Fue un momento breve, pero para TN fue como si lo mejor del mundo hablase en ese gesto sin palabras.

Él lo recordó inusualmente claro.

Al día siguiente, Yo entrenaba tiros libres en el campo vacío del colegio temprano en la mañana. TN pasaba por allí intentando encontrar la cancha para una clase de expresión artística al aire libre. Lo vio patear: cada golpe medido, ritmo pausado, precisión casi matemática.

Se detuvo y observó en silencio. Él la vio desde el rabillo del ojo. No se detuvo, regresó el balón y se preparó para otro disparo. Ella se acercó con cautela.

—¿Puedo intentarlo? —preguntó, con timidez.

Él alzó la mirada un instante, midiendo. Asintió con un leve gesto. Le devolvió el balón. TN respiró hondo y chutó: el balón rozó el poste y entró. Ella se encogió de hombros, sorprendida. Él, sin una palabra, aplaudió leve, con fuerza contenida.

La invitó a entrenar juntos: no con palabras, sino con una mirada que decía "si quieres, te enseño". Y ella aceptó.

Desde ese día, se encontraron a diario antes de clases: Hiori le enseñaba tacto para controlar el balón, técnica para chutar con empeine. Él demostraba movimientos corporales, ella intentaban copiarlos. Él apenas hablaba; explicaba más con gestos, demostraciones, correcciones silenciosas. TN absorbía todo. Le pagó con su atención silenciosa, con preguntas suaves, con una sonrisa cuando él corría frente a ella luego a mostrar cómo corregía su postura.

Para Yo Hiori, en cada sesión también aparecía una calma inédita: ella tenía presencia, y en esa presencia encontraba su propio refugio.

Una tarde después del entrenamiento Hiori no fue a su casa. Se quedó más tiempo en el campo, recogió conos, recogió balones. TN se acercó; ya no era la primera vez que lo hacía, pero esa tarde lo vio quedarse solo hasta que oscurecía. Con respeto, se sentó en el césped a su lado.

—¿Vives solo? —preguntó ella en voz baja.

Él tardó un instante en responder:

—Sí... mis padres... trabajan mucho.

𝐁𝐋𝐔𝐄 𝐋𝐎𝐂𝐊 | 𝐎𝐧𝐞 𝐒𝐡𝐨𝐭𝐬Donde viven las historias. Descúbrelo ahora