Cap. 21 La Prueba, culpa y castigo

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Penny retrocedió poco a poco. Ahogó el grito,el piso se movía bajo sus pies, ondulante, y el techo también. Se llevó la manoa la boca, tenía náuseas, iba a vomitar. Se aguantó. Trató de llegar hasta serviciosmédicos, necesitaba ayuda; a lo lejos miró a dos caballeros que se acercabanhacia ella. Quiso gritar y solo vómito salió de su boca. Al menos eso ocasionóque los chicos corrieran en su auxilio, justo a tiempo. Se desvanecía, loúltimo que supo de sí misma fue que estaba cayendo. Aunque no golpeó el suelo.Alguno de esos chicos le había atrapado.

Despertó en una camilla. Oyó unavoz, le pareció conocida. Sin embargo, el mareo y el malestar no le dejaba razonarla identidad de la misma. Entornó los ojos, no tenía los lentes puestos, de esaforma percibió una figura difusa, vestida de blanco. Una buena pista, era ladoctora o la enfermera. Una de dos.

—Aquí está. Se desmayó. No, nosé por qué. Asumo que por la conmoción. ¿Qué? Claro, faltaba más. Cómo usted lodesee. Siempre. Siempre a sus órdenes. Sí, para mañana le tengo los resultados.Sin falta.

Escuchó decir a esa voz en la extrañaconversación, aparte escuchó un teléfono al ser colgado. No un celular, era unteléfono tradicional.

La enfermera le ayudó areincorporarse en la cama y le acercó las gafas correctivas. Entonces vio a ladoctora acercarse desde uno de los costados que, jeringa en mano, le extrajosangre.

—¿Qué hace? —preguntó Penélope.

Era obvia la respuesta, igualpreguntó.

—Es una muestra para hacerlealgunos exámenes. Se desmayó usted en el pasillo, luego de encontrar muerta ala señora Pérez.

—Morales.

—¿Qué?

—Es Morales.

—Era —le corrigió la enfermera.

«Corrijo y me corrigen devuelta. Ni eso me dejan. ¡Qué barbaridad!»

—Ya casi es la hora de salida.Le voy a dar un té de manzanilla y calmantes ligeros, nada invasivos. Meencargaron cuidarla mucho.

—¿Quién? ¿El señor Axel?

Hizo esa pregunta y recordó lacita pendiente. ¡El dolor de cabeza!

—No, la señora Morgana.

—¿Ya llegó la vice presidenta?

«¡Qué intensa es esa mujer! Hizolo mismo de la otra vez: ir y venir de Bogotá en un solo día». Además, que ibaa querer cuidarla. Los exámenes que le pidió a la doctora por teléfono, seguroeran para detectar alguna alergia o debilidad de ella para envenenarla y que sumuerte pareciera un choque anafiláctico. «Te jodiste muérgana. No soy alérgica anada».

—No, la señora Morgana todavíaestá en Colombia, se enteró del accidente y llamó por teléfono. El señor Axelestá ahora con la policía y no se preocupe; el ya habló con nosotras y lesuministramos las pastillas para el dolor de cabeza. Va a estar ocupado un buenrato, la empresa, una vez más, está revolucionada con otro suicidio y él estásolo enfrentando el problema.

«¡Pobrecito mi Ángel! Yo deberíaestar con él, apoyándolo». Alguien tocó la puerta, cuestión que interrumpió lospensamientos de Penélope y la respuesta que quería dar a la doctora acerca delo sucedido. Entró al dispensario una persona conocida, a estas alturas, detantas declaraciones que le había tomado, era casi su amiga: la detectiveÁngela Flores. Una chica encantadora, pequeñita como ella, morena, era unabarra de chocolate con leche y cabello churrusco. No era bonita ni fea, pero siatractiva y poderosa. Siempre la trató con tacto e integridad.

La agente policial, como otrasocasiones, tomó su declaración. Antes de que hubiese terminado su labor Penélopese le echó encima, sollozando. El abrazo fue fuerte y la chica respondió conternura o profesionalidad. Era difícil para ella decirlo, quizá era elentrenamiento lo que le preparaba para ejercer su tarea de forma adecuada. Loque incluía (quizá) calmar a los testigos. De esa forma Penny, ya recuperada lacompostura, logró culminar el interrogatorio.

Axel AlexAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora