París, la ciudad luz, con toda su historia, calles, palacios y monumentos. Lugar que siempre quiso visitar Fermín. Los subalternos le oyeron decirlo a cada rato. Tanto, que llegó a ser una frse para saber que el comisario estaba frustrado o molesto por el curso de los casos. Pues bien, al fin logró hacerlo. Aunque no como él esperaba.
Decepcionado por haber fallado en la captura de Axel Rousel, anunció su retiro de la Policía Judicial; renuncia que fue rechazada por su jefe, quien, en cambio, le propuso cancelarle todas sus vacaciones vencidas. Catorce en total, más un bono de compenasción. La cantidad fue sufciente para planear el viaje, a casi un año de los acontecimientos. «Tómate un año sabático Fermín y vuelve al servicio, repotenciado y con ganas de comerte al mundo». Le dijo. «Además, déjate de tonterías, ¿quién mejor para sucederme en el cargo que tú?»
Convencido por el gesto de confianza del director, la velada sugerencia de ascenso y el apoyo de su mujer, quien aprobó de inmediato la idea, el comisario aceptó la propuesta.
Apenas bajó del avión se maravilló con la ciudad; ésta le sedujo con su majestuosidad y belleza. A pesar de haber llegado de noche, las luces y el ambiente cosmopolita le animó mucho. Se instaló en el hotel donde había hecho las reservaciones, caerca de la Rue Montmartre y le hizo el amor a su mujer, como en las mejores épocas de su noviazgo. Esa madrugada hubo magia, rayitos y centellas en Ville Lumiere, la ciudad del amor.
Al día siguiente fueron al famoso puente de los candados, colocaron uno propio, como sello de su amor; algo maravilloso y romántico, tomando en cuenta que casi no había espacio. Pasearon por los Campos Elíseos, se tomaron fotos frente a Las Tullerías y se dirigieron a la infaltable cita parisiense: La Torre Eiffel. Mágica, espectacular estructura de hierro pudelado que les permitió una vista única de la ciudad y sus alrededores. Y hasta allí le llegó la magia a Fermín. No fue su culpa, ni de la ciudad, ni de María, su esposa; solo cosas que pasan.
No pudieron entrar al Museo de Louvre, la fila para entrar era kilométrica. Notre Dame estaba cerrada al público, reparaban los daños de un reciente incendio. El túnel donde murió Lady Di le pareció solo eso: un túnel, como cualquier otro. El río Sena: feo y descolorido.
Las calles, muy bonitas y pintorescas, estaban atiborradas de turistas y vendedores ambulantes. O sea, no sabía si era Francia, o África, o Asia, o siquiera Europa. No podía caminar dos pasos cuando ya tenía encima a un ejército de buhoneros, hablándole en sabrá Diosito que cantidad de idiomas diferentes. Él había aprendido francés básico, con un aplicación del celular; poco le servía. La torre era de Babel y no de París. Ese conglomerado multicolor y multicultural, hablaba de todo, menos francés. Las réplicas baratas de la Torre Eiffel, las ofrecían a un exorbitante precio como si fuesen el santo grial.
Y entonces ya de regreso en Rue Montmartre, ingresaron a un café característico de la ciudad, meses después de su fracaso más sonado, con la mujer más importante de su vida, quien no entendía lo que le pasaba al marido. Fastidiado y con cara de pocas pulgas, Fermín, comía un Le Baguette, nombre rimbombante para un pan sin gracia ni cuerpo. Un pan canilla, de la panadería más humilde de Venezuela era mejor y más esponjoso. No esa piedra. Si le sacaba filo lo podría usar como espada. La ilusión de ingerir el famoso manjar de trigo, se diluyó con su café. Un latte macchiato, algo que le pareció cualquier cosa, menos un café. Aguado, saturado con sabores extraños y esa crema que no era leche ni nada.
Martínez estaba amargado y no lo hacía a propósito, ni tenía control sobre lo que le pasaba; simple y llanamente se sentía así.
Al día siguiente de estar en París, noche donde las sábanas no fueron desarregladas, por más entusiasmo que puso la señora, Fermín recibió una video llamada del detective Sergio Morales. Éste también estaba de vacaciones, pero nupciales. Si él, Fermín Martínez, se encontraba abatido, su subordinado, todo lo contrario, se hallaba en las nubes de la felicidad.
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Axel AlexA
Romance¿Cuál es la escala de la felicidad? Penélope ha cambiado, casi no reconoce la hermosa mujer en que se convirtió; sin embargo, no ha dejado de ser una tímida adolescente que cree que el amor no se hizo para ella. Un golpe de suerte le hace conocer al...
