Cap. 36 Declaraciones

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El comisario y sus ayudantes se acercaron hasta la puerta de la casa y se sorprendieron al constatar que no estaba cerrada, la asesina fue descuidada y la había dejado abierta. No tenía sentido y no había tiempo para considerarlo.

Entraron, con cautela y en silencio revisaron el lugar. La sala estaba vacía, la cocina también, en un pasillo lateral una luz provenía de lo que parecía ser la habitación principal. Escucharon un apagado gemido. Con sigilo, y por etapas, avanzaron, con el temor de hallar uno o varios cuerpos. Y así fue: Penélope Mármol yacía en la alfombra, alguna vez blanca, ahora manchada de sangre. 

—¡Está viva! —exclamó Ángela al tomarle el pulso.

—Aunque eso podría cambiar. Sangra mucho —opinó Sergio.

—Presenta dos heridas de bala, una en la altura del pulmón derecho, posiblemente esté perforado; la otra está en el abdomen, si es el hígado, está perdida.

—¡Ni que lo digas! ¡Morales! Solicita apoyo y mantente alerta, no hemos visto a quien efectuó los disparos. ¡Flores! Corre a vigilancia. Haz que el sereno dé apertura al portón, si la ambulancia llega, la tortuga mecánica esa, mientras abre, se nos muere la muchacha —indicó Martínez—. Yo me quedaré con ella.

Ambos funcionarios se abocaron a cumplir las órdenes. 

—Tienen a Carmilla —dijo la siniestrada con voz entre cortada.

—¿Quién? —preguntó el comisario, de manera ingenua.

Se recriminó mentalmente. «¡Quién va a ser, estúpido! ¡Axel Rousel!» Aunque luego se respondió. «Sí, Pero usó un plural, debe haber un cómplice».

La chica temblaba, aferrándose a él, mientras intentaba decir otra cosa. Se ahogaba en su propia sangre. 

—Quité el seguro, pero no pude disparar. Soy una pendeja. Los sentimientos me traicionaron. ¡Perdón! No pude cumplir lo que le prometí. Le debo esos muertos.

—No se preocupe por eso señorita. Ya estamos solicitando la ayuda. Aguante. ¿Había otra persona? ¿Quién era? ¡Señorita Penélope! ¡Penélope!

La chica no contestó, había perdido el conocimiento. Martínez colocó los dedos en el cuello de la chica, aún tenía pulso en la yugular. Buscó toallas y, recordando los cursos de primeros auxilios, presionó las heridas, en un desesperado intento de frenar la hemorragia. «¡Qué mala pata muchachita! ¡Qué equivocado estaba! No eres la culpable, al final del cuento sí estaba yo persiguiendo mi propia cola».

Mientras tanto, el detective Morales, quien se ubicó en la sala, hizo la solicitud de asistencia, recibiendo respuesta positiva de sus compañeros. Escuchó ruidos en la cochera y, con decisión y sin esperar instrucciones, se dirigió hacia allá. Cuando desembocó al patio vio a una camioneta negra, la cual arrancó a toda velocidad, cruzando hacia la salida de la urbanización. Apuntó, sin embargo no fue lo suficientemente rápido. Se abstuvo de disparar, si lo hacía, las balas podrían hacer blanco en la casa del frente. No era prudente hacerlo. «Flores está en la puerta, ella sabrá que hacer». Se reconfortó con ese pensamiento.

Otro ruido lo alertó, volteó de inmediato, apuntó de nuevo; no, no había nadie. Suspiró, relajado. Sin embargo se percató de una puerta entreabierta, era alguna especie de almacén, al fondo del estacionamiento.

Ingresó, todo estaba oscuro, no podía distinguir nada, pero lo supo: allí estaba la señorita Carmen. Un murmullo ininteligible le corroboró esa sensación; sí, no entendía nada, pero era la voz de una mujer.

A tientas encontró el botón de encendido. De inmediato se hizo la luz, no muy potente, el bombillo, aparte de muy pequeño, estaba mal ubicado en una de las paredes, apenas sí lograba iluminar un sector reducido. «En vez de colocarlo en una posición central».  Se quejó, y continuó avanzando. El recinto era más grande de lo que parecía y le tomó algunos minutos poder moverse entre la multitud de enseres, repuestos, herramientas y cacharros de todo tipo. Y al fin la halló: Carmilla Mirelles, la futura madre de sus hijos, atada, amordazada, con los ojos cubiertos y sentada en un rincón. Estaba descalza, en bikini y franelilla. 

Axel AlexAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora