Cap. 33 Una Pizza para Carmilla

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Penélope trató de disfrutar el fin de semana, a pesar de lo ocurrido. Consideró que hacer un drama no ayudaría a ninguno de los dos, ni haría cambiar la situación. Y, aunque dudó en hacerlo, le escribió a Carmilla: «¡Te necesito! ¡Escríbeme!» La razón para su indecisión consistía en que Axel podría sentirse humillado si ella revelaba su disfunción eréctil. En contraparte, sentía que sí no hablaba sobre ello con alguien iba a explotar.

Para su suerte, o su desgracia, la rubia no respondió al mensaje. Penélope insistió, tipeó, esperó, llamó, pero su amiga no contestaba. «¿Dónde estás Carmen Morales? ¿Por qué no respondes?» reflexionó. 

Entonces se percató que no tenía a quien recurrir para poder ubicar a su amiga. ¿Contar con la familia de Carmilla? ...Ni hablar. No tenía el teléfono de Soraya, ni del fulano Bartolomeo. «¡Punto y Diana!» Recordó.

Pautó consigo misma hacer búsqueda de los contactos de la referida tienda deportiva, ellos podrían saber algo. Primero tuvo que atender a Axel, hicieron muchas veces más el amor rectal, mientras que a ella, él le estimuló con sexo oral y manual. Penélope disfrutó cada acto, no tanto como hubiera querido, pero sí señor, vio estrellitas. Estuvo a punto de olvidar la tarea pendiente, sin embargo se avocó a ello en la tarde, mientras su amado dormía.

—¡Buenas tardes! Punto y Diana, a la orden —respondió la llana y templada voz de una jovenzuela.

—¡Buenas! Le llama Penélope Mármol, Secretaria de Presidencia de Morgan-Rousel.

Marcó presencia con su cargo, para evitar que la tomaran a la ligera.

—¿Cómo podemos ayudarla, señorita Mármol.

—Ayer, en la tarde una de nuestras empleadas, la modelo Carmilla Mirelles, debió pasar por su sede, ubicada en el Centro Comercial los Cristales. Me comentó que iba a encontrarse con el gerente de la tienda. ¿Podría avisarle que quiero hablar con él?

—Deme unos segundos.

Le pusieron la musiquita de espera, de esas simplonas que impacientan en vez de calmar. Luego de unos largos minutos volvió a escuchar a la muchacha.

—¿Sigue allí, Señorita Mármol?

«¡No, me fui a Pakistán, claro que sigo aquí! ¡Pendeja!»

—Sí —contestó con alegría simulada.

—El señor Gómez me informa que la señorita Mariela estuvo por acá, retiró un producto y luego se fue.

—Gracias por la información. ¿Me podría pasar al señor Gómez? Me urge hablar con él.

Hubo una interrupción, posiblemente la chica cubrió el auricular con la mano. Igual Penélope logró escuchar algo de lo que hablaban. «¡No quiero hablar de esa tipa, sacuda a esa mujer que pregunta por ella, con cualquier excusa!» Era una voz de hombre y denotaba molestia.

«¿Qué hiciste Carmi para hacerlo enojar?»

La pobre chica se volvió un ocho, tratando de elaborar un pretexto convincente. Penélope, comprensiva con ella y la situación, zanjó el asunto con un forzado agradecimiento y cortó la llamada.

Se sentó un rato en el frente de la casa, en el solitario porche con la firme intención de abstraerse en la fría brisa del atardecer. Sin tiempo para reflexionar sonó su teléfono. 

«¡Carmilla!» Pensó, emocionada, al tomar la llamada.

—Buenas noches, señorita Mármol, le habla la chica de Punto y Diana.

«¡Rayos, no es Carmen!»

—Me dio pena con usted. Espero no haya escuchado al señor Gómez.

—No fue a propósito, con esos gritos me fue difícil no escuchar. No se preocupe, entiendo que su jefe estaba molesto, usted no tiene la culpa.

Axel AlexAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora