Cap. 13 Retribución y Recaudo

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Lo mejor de ese viernes, para Penélope, fue que culminó. Salió de forma apresurada, uniéndose al tropel que corría hacia los ascensores. El salvajismo de la oficina. No era la selva de concreto, era la selva del traje, tacón, carpeta y maquillaje chorreado. Luchó, dio y recibió empujones, le pisaron un par de veces, le agarraron una teta. Terminó empotrada contra un panel de metal, con un miembro desconocido frotando su trasero, pero había asegurado un lugar en la cabina del referido transporte vertical. Otras veces esperaba con paciencia que la tropa se fuera, tomaba el siguiente, ese día no. No estaba de humor, no iba a ceder su puesto a nadie ni hacer tiempo.

La Penny que se dejaba de todos se había acabado. Al menos eso pensó sobre sí misma. Además, le echaron un recostón, era viernes, no se iba sin sentir un pene en el culo. «Lástima que no era el de Axel». Este estaba chiquito y flácido. ¡Bueno! ¡Bueno! Luego del piso quince para bajo se puso duro, aunque no creció mucho. Suspiró. Nada como el miembro de Axel. Sí, definitivamente, apenas llegara a casa se echaría un pajazo. No sería la única sin tener sexo ese fin de semana. No señor. No importaba que fuese un yo-con-yo, sexo es sexo. Punto.

Sonó la señal: Planta Baja. Quiso ver al autor del recostón, sin embargo, la jauría furiosa y llena de ansiedad no le permitió la visualización ni la calma requerida. Ni modo. Mejor así, dejarlo como un recostón anónimo, tampoco había sido la gran cosa.

Carmilla le esperaba en la entrada del edificio, cómo otras tantas ocasiones, con una variación: un chico estaba con ella al lado de un coche, bastante guapo, tenía que admitir. Penélope estaba molesta, alterada, confundida, sin embargo, lo inusual de la circunstancia le sacó de su estado alterado. Bajando su molestia, solo un poco. No tanto como quisiéramos.

—Penny, te presento a David —le dijo la rubia apenas llegó.

«Ya me consiguió pretendiente. Carmen no pierde el tiempo». Pensó la aludida. Se obligó a sonreír, el compromiso de la situación la condicionaba. Estrechó la mano del joven, quien le saludó con un beso en la mejilla, como si fuesen los mejores amigos o conocidos de antes.

«¡Confianzudo el nene! Sí, estás guapo, papi, pero no te pases». Pensó, aunque igual le devolvió el gesto.

Compartieron un rato frente a la Torre Rousel, sobre qué, no importaba, de cualquier cosa, Penélope estaba aburrida y poca atención prestaba. Carmilla y el muchacho reían de sus propios chistes, o, mejor dicho, él se reía de todo lo que dijera su amiga. Quizás era recíproco entre ellos, Penélope no lo sabía, la molestia no le permitía esta muy concentrada. Quería ir a casa, bañarse, dormir, echarse un pajazo para relajarse. Bueno, mejor el pajazo primero y luego el baño, para evitar que sus padres se enteraran de su actividad onanista. Suspiró de nuevo. Miraba a uno y otro lado, pensando a qué hora terminaría aquella forzada tertulia. A todo lo que preguntaban o decían, asentía o les daba la razón. Le daba igual lo que estuviesen hablando, solo deseaba que la dejarán en paz. De esta forma, pasó lo más obvio: entre risas y anécdotas, se vio comprometida a una salida con el tal David para el día siguiente.

—¿No es muy pronto para salir? Digo, lo acabo de conocer —protestó, apenas se dio cuenta del lío donde se había metido.

Carmilla, como decimos en Venezuela, le peló el ojo.

—La felicidad no espera, Penny —le dijo su amiga.

—Claro. No es pera, es manzana —expresó el chico.

Ambos rieron a carcajadas. Penélope esbozó algo parecido a una risa. «Muy gracioso, muy gracioso». Pensó con ironía.

Antes de que pudiera quejarse de nuevo o presentar un buen argumento que le excusara de la invitación aceptada, vio como la rubia ingresaba al referido automóvil, ocupando la parte trasera, para ser más exacto; quien luego le llamó desde dentro.

Axel AlexAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora